SE CUMPLIRÁ TODO
Grandes cosas Jesucristo ha
realizado en nuestro favor. Lo inimaginable, lo inalcanzable, lo inigualable,
lo indescriptible. ¿Quién hubiera podido imaginar que Dios santo, fiel y
perfecto quisiera hacerse hombre para mezclarse con pecadores, infieles y
traidores empedernidos? ¿Quién podría
alcanzar la salvación sin Jesucristo? ¿Quién puede igualar a Dios y su economía
de la salvación? ¿Quién puede describir el amor de Dios? Lo cierto es que Jesucristo,
«siendo de condición divina […] se despojó de sí mismo tomando condición de
esclavo. […] haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fl
2,6-8) para culminar su plan divino, superando todo límite humano.
Las personas acostumbramos a
obrar condicionadas por nuestra avaricia, y así, antes de dar cualquier paso
pensamos ¿qué gano con esto? ¡Quan numerosas y detestables negociaciones
humanas se nutren del interés propio, de la hipocresía, del despotismo y cosas
parecidas! ¿Vino Jesús a negociar?, ¿vino a discutir un punto intermedio entre
su santidad y nuestro pecado, entre la verdad y nuestras ideas, para que nos
sintiéramos cómodos? Él no dudó de su misión en ningún momento, no vino a
mercadear con la verdad. «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha
enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34), nos ha dicho. La fidelidad y
veracidad de Cristo (cf. Ap 19,11) son títulos innegables a su persona, e
implica un testimonio de vida coherente que, en su caso, culminó con perfecta
firmeza.
Por tanto, nuestro amado «Fiel y
Veraz» (AP 11,19), posee toda autoridad y potestad para amonestarnos cuando nos
lo merecemos y nuestro comportamiento no se ajusta al camino de salvación que ha
trazado. Deberíamos sentirnos tristes si llegáramos a recibir estas palabras,
que seguramente merecemos muchas veces: «Así dice el Amén, el Testigo fiel y
veraz, el Principio de la creación de Dios. Conozco tu conducta: no eres ni
frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero como eres tibio, es
decir, ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca» (Ap 3,14-16). Dios nos
puede amonestar tantas veces como quiera, pues nuestras transgresiones de su
Ley, nuestra infidelidad, nuestra inconstancia, el intento de adulterar o
relativizar la Verdad que nos proporciona vida eterna, y nuestras ofensas al
Creador son tan repetitivas y cansinas que merecemos mucho más que ser
vomitados. «Todos caemos igual que hojarasca, arrebatados por el viento del
pecado» (Is 64,5), y la paga del pecado ya sabemos cual es: la muerte (cf. Rm
6,23). Ahora bien, «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero
que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación» (Is 52,7) y
viene a decirnos: «Yo reprendo y corrijo a los que amo. Sé, pues, ferviente y
arrepiéntete. Ten en cuenta que estoy a la puerta y voy a llamar; y, si alguno
oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos los dos» (Ap 3,20).
Unámonos a las palabras del salmo 141: «Que el justo me hiera y leal me
corrija, pero nunca el malvado perfume mi cabeza» (Sal 141,5). ¿A qué nivel se
encuentra mi humildad para aceptar con alegría la corrección fraterna?. «¿Acaso
hay algún hijo a quien su padre no corrija? Pero si Dios no os corrige, como
corrige a todos sus hijos, es que no sois hijos legítimos, sino bastardos» (Heb
12,8). Alegrémonos cuando el Espíritu Santo toca nuestra conciencia y descubre
nuestro pecado. Él no busca hundirnos si no levantarnos.
Dios «conoce de qué estamos
hechos, sabe bien que sólo somos polvo» (Sal 103,14), y aún siendo, o habiendo
sido sus enemigos, estado que recuperamos cuando no cumplimos su Ley, ha
querido realizar unas promesas de salvación, anunciadas durante siglos y
plenamente cumplidas en Jesucristo. ¡Sí, Yavé lo ha dicho y lo ha hecho!. Quan
sublime gracia es el creerlo y mucho más el vivirlo. De todo lo realizado, podríamos
empezar por la gran profecía del libro del Génesis: «Enemistad pondré entre ti
y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras
acechas tu su calcañar» (Gn 3,15); los anuncios de la venida del Mesías y su
preexistencia: «Pero tu, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de
Judà, de ti saldrá el que será Señor en Israel» (Mi 5,2) (cf. Is 7,14; 9,6-7;
11,1; 41,4; 44,6; Sal 102,25; Pr 8,22-23). La identificación del ministerio de
milagros en el libro de Isaias: «Dios os trae la recompensa; el vendrá y os
salvará. Entonces se abrirán los ojos del ciego, las orejas de los sordos se
destaparán. Entonces saltará el cojo como un ciervo, la lengua del mudo gritará
de júbilo» (Is 34, 4-6). Confirmado en la vida de Jesús, anunciado a Juan el
Bautista como respuesta para confirmar la identidad mesiánica de Cristo (cf. Mt
11:4-5, Lc 7:22) y declarado como cumplimento en Él a través de Lc 4,21,
tomando como referencia un pasaje de Isaías muy parecido al anterior: «El
espíritu del Señor me acompaña, por cuanto que me ha ungido Yahvé. Me ha enviado
a anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos, a
pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a pregonar
año de gracia de Yahvé» (Is 61,1-2). Por último, como no olvidar la gran
profecía del siervo sufriente relatada en Isaias 53, coronando el relato
sacrificial con estas palabras: «soportó la culpa de muchos e intercedió por
los rebeldes» (Is 53,12b). Todas estas profecías y muchas otras se cumplen en
Jesucristo, y así lo declaró en su tercer anuncio de la pasión: «Ya veis que
subimos a Jerusalén, donde se cumplirá todo lo que los profetas escribieron
sobre el Hijo del hombre» (Lc 18,31,32). ¡Se cumplirá todo!
Hasta este punto, la euforia de
los apóstoles sería notable con una subida de adrenalina importante. ¡Qué
maravilloso, acompañar a Jesús hacia su victoria total!. Después de haber
contemplado milagros, prodigios, enseñanzas y predicaciones inigualables, ahora
gozar del momento culminante donde viviremos la realización de todo lo
anunciado por Dios. Pero inmediatamente le siguen estas palabras: «lo
entregarán a los paganos, será objeto de burlas, insultado y escupido; y
después de azotarle lo matarán. Y al tercer día resucitará» (Lc 18,32-33). En
este momento desaparece la adrenalina y surge el desconcierto: «Ellos (los Doce)
no comprendieron nada de esto; no captaban el sentido de estas palabras ni
entendían lo que decía» (Lc 18,34). Mc 4,13; 6,52; Mt 28,17). Realmente, ¡es
divina la paciencia de Jesús con los apóstoles! y lo sigue siendo con nosotros.
Pero el trayecto hacia la victoria no iba a finalizar por la incomprensión
generalizad. Por otro lado, los apóstoles tampoco abandonaron al Maestro, aún
inmersos en momentos de embotamiento mental y desconcierto. Jesús continuó la
subida a Jerusalén porque era la voluntad del Padre y todo se iba a cumplir. No
existe oposición posible a la voluntad de Dios, por muchas cuestas arriba,
muchos insultos, incomprensiones, burlas, dolencias o matanzas promovidas por
el enemigo para intentar obstaculizar el desenlace victorioso e inevitable del
Señor Todopoderoso.
¡Todo se cumplió! Mas lo que
queda por venir sabemos por fe que llegará a su debido tiempo, porque «la
hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece
por siempre» (Is 40,8). Y permanece para siempre no sólo en cuestiones
generales, si no también a nivel de cada persona. Su Palabra es para ti hoy, su
victoria es para ti hoy, su plan de salvación para ti es único y diferente al
de cualquier otro. Nos puede suceder como a los apóstoles, que no estaban
entendiendo el mensaje de Dios. Pero debemos actuar como ellos, quienes aún sin
entender siguieron con Él. En nuestra vida nos vamos a encontrar con momentos
de dificultades, donde todo parece ir cuesta arriba, donde nada sale como
deseamos y sufrimos dolencias o escasez, es decir, ¡no entendemos nada!. Quizás
pensábamos que seguir a Jesús consistía en ir siempre de gloria en gloria. Lo
importante es seguir junto a Jesús todo el camino, encontremos o no sentido a
lo que sucede, y seguir creyendo en su Palabra hasta el final glorioso que nos
espera si permanecemos fieles a su lado. «En verdad, en verdad os digo que
lloraréis y os lamentaréis y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero
vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16,20). Esto no es una profecía de
los profetas del Antiguo Testamento, esto es una promesa de Dios para ti, hoy,
y se cumplirá.
Se cumplirá todo, no solamente lo
anterior a Jesucristo; también lo posterior. Aquí estamos situados nosotros, en
tiempo neotestamentario, quienes no somos más que el maestro (cf. t 10,24), «y
si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él» (Rm 6,8). Si
Jesús sufrió, nosotros sufriremos; si fue probado, también nosotros lo seremos;
si sufrió burlas, insultos y todo tipo de persecución, de ello no nos libraremos;
si pasó por la Cruz, también nos tocará nuestra cruz particular: «Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a si mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque
quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la
salvará» (Lc 9,23-24). ¿hace tiempo que todo te va bien, sin problemas, ni
persecución, ni pruebas? Quizás tu vida cristiana necesita revisión.
Dios cumplió y seguirá
cumpliendo. Ahora nos toca a nosotros. Somos llamados a estar en el frente de
batalla, a abandonar la tibieza, la cobardía y la rutina ritual o cultual. «Os
exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a
vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Tal debería
ser vuestro culto espiritual» (Rm 12,1). Jesús se sacrificó hasta el extremo
sin ser culpable de nada. Nosotros, siendo culpables y además crucificadores,
¿no vamos a sacrificarnos para colaborar en su gloriosa misión? ¿Queremos la
gloria, los milagros y la victoria? A ello somos llamados, como también al
crisol de la prueba (cf. 1Pe 1,7). «Hijo, si te acercas a servir al Señor,
prepárate para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme, y no te
angusties en tiempo de adversidad. Pégate a él y no te separes, para que seas
exaltado en tu final. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y sé paciente en las
humillaciones, porque el oro se purifica en el fuego, y los que agradan a Dios,
en el horno de la humillación. Confía en él, y él te ayudará; endereza tus
caminos y espera en él» (Si 2,1-6).
Nosotros, «que poseemos las
primicias del Espíritu» (Rom 8,23), gozamos de la experiencia sobrenatural de
ser hijos de Dios y tenemos el privilegio de contemplar sus maravillas al mismo
tiempo que compartimos su pasión. Las dificultades y los sufrimientos no deben
confundirnos, si no ayudarnos a asociarnos a la pasión de Cristo. San Pablo
escribió: «Ahora me alegro de los padecimientos que soporto por vosotros, y
completo en mi cuerpo lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Col 1,24).
Pablo se gloriaba de experimentar la gracia de Dios, mediante los frutos
visibles de la fe (cf. Rm 5,1-2), pero llega más lejos todavía. Contrario a
todo criterio humano dice: «Más aún, nos gloriamos hasta en las tribulaciones»
(Rm 5,3). «¿La pasión de Cristo es incompleta?, ¿Cristo no sufrió todo lo que
tenía que sufrir, y nosotros tenemos que poner un “plus” de sufrimiento, porque
Jesús se quedó corto…?. Evidentemente no. La interpretación más correcta es
decir que lo “que le falta a la pasión de Cristo” es nuestra asociación libre a
la pasión de Cristo» (J.I. Munilla Catecismo 618-623. Nuestra participación en
el sacrificio de Cristo). Una asociación libre porque «el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm
5,5), y es este amor sobrenatural quien nos empuja a darlo todo y pagar con
gozo el precio de nuestra adhesión a Jesucristo, sabiendo con certeza que somos
«herederos de Dios y coherederos de Cristo, si compartimos sus sufrimientos,
para ser también con él glorificados» (Rm 8,17).
Una imagen preciosa de la
donación para beneficio de los demás la encontramos en la partición del pan.
Jesús partió el pan en su multiplicación junto con los peces. En los evangelios
sinópticos se relata con precisión el hecho de partir el pan para repartirlo
(cf. Mt 14,19; Mc 6,41; Lc 9,16). También lo partió en la cena pascual (cf. Mt
26,26-28; Mc 14,22-24; Lc 22,19-20) y ante los discípulos de Emaús (Lc 24,30).
La forma de partir el pan era cogiendo una hogaza, forzarla, presionarla y
desgarrarla hasta su total rotura, una y otra vez. Finalmente, repartir los
trozos para alimento de otros (La participación en la comunión eucarística
sería mucho más expresiva y emotiva si la recibiéramos de un pan troceado.
Daría más sentido de unidad al origen). Jesús fue «molido por nuestras culpas»
(Is 53,5), desgarrado hasta el extremo de una entrega total para alimento de
todo aquel que quiera creer. Así lo prefiguró troceando los panes. Así nos
llama a adherirnos a su misión. ¿hasta qué punto nos hemos desgarrado, troceado,
roto y humillado para que el otro sea beneficiado y bendecido? Y no sólo por
nuestros amigos; también y mucho más por nuestros enemigos (cf. Mt 5,43-47). Si
no ha dolido, si no hemos llorado, si no hemos sentido el desgarro interno, una
lucha violenta contra el yo caído o contra las fuerzas del mal, si no hemos sudado
sangre, significa que aún estamos caminando, o estancados, en algún punto de la
subida. Que el Señor nos conceda poder decir como san Pablo, «mi vida es Cristo
y morir una ganancia» (Fl 1,21)
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