Y MIENTRAS... AMÁOS
Hablar sobre el amor, según el
mandamiento de Jesucristo, es como sumergirse en la profundidad de un océano inagotable,
en el cual muchos otros han removido sus aguas. Mi intención no es innovar, ni
pretender ser mejor, puesto que podríamos encontrar excelentes exposiciones
místicas y teológicas. Únicamente siento el impulso de abordar el tema desde
una experiencia personal.
La pérdida de un ser querido
produce una sucesión de sentimientos y pensamientos cuyo nivel de profundidad y
trascendencia no acostumbran a reproducirse en otras circunstancias. ¡Como no cuestionarse
sobre el significado de la vida y la misión por la que llegamos a este mundo!
Vivimos en unas sociedades donde
el énfasis de nuestra existencia consiste en alcanzar grandes profesiones,
grandes hogares, grandes posesiones, grandes experiencias, etc. El ambiente que
nos rodea estimula nuestro ego para pretender ser mejor que el otro, tener más,
absorber mayor atención o protagonismo. Todos queremos ser el líder, el
maestro, el director… Este comportamiento conlleva un coste existencial:
heridas emocionales, frustraciones, envidias, injusticias, abusos y todo lo
negativo que acostumbra a acompañar el ensalzamiento del YO.
¿Para esto hemos venido al mundo
presente? ¿Para vivir sometidos a los dictámenes humanos de nuestra era y a la
lucha por la supervivencia material, llegando a oprimir o a exterminar al
prójimo, si es preciso, en nuestro afán de superioridad?
Observando propuestas del mundo
para encontrar algún valor a nuestra existencia, descubro diversas corrientes
filantrópicas intentando contrarrestar el implacable avance destructor del
egocentrismo. No obstante, descubro que
todo acto de generosidad basado en un cierto idealismo humano, ya sea político,
filosófico o pseudorreligioso, nace imperfecto. Aunque con supuestas maravillosas
intenciones y fascinantes proyectos, permanece supeditado a unos criterios
humanos de apariencia loable, pero con intereses sometidos a pensamientos
alimentados por sucias aguas o, al menos, turbias. Para explicarme mejor,
propongo el siguiente ejemplo: Imaginemos una organización fundada para
promocionar la dignidad de la mujer. En su hoja de ruta encontramos la
educación, la higiene, la promoción laboral, el aborto y la diversidad de
género. Se ofrece todo como bueno, pero a los ojos de un cristiano no todo
vale.
Los caminos del amor, demasiadas
veces, son adulterados por las rutas del egoísmo o de algún tipo de oscuro
interés externo, produciéndose una degradación de la virtud eterna con mayores
o menores consecuencias. Estos elementos
opuestos coexisten de forma insoluble y forzosa a lo largo de nuestras vidas
terrenales, donde el grado de predominio de cada una de ellas determinará
nuestra felicidad, nuestro gozo y nuestra cercanía o lejanía a Dios.
Ciertamente, desde hace tiempo
Dios me está llamando la atención sobre el predominio del egoísmo, el resentimiento
y la disminución en mi calidad de amar incondicionalmente, según enseña su
Palabra. Antes de que Jesús viniera a buscar a mi esposa, en momentos de
oración resonó en mi cabeza la frase: “No hagas las cosas con resentimiento
sino con discernimiento. Déjame los juicios a mí; tú sólo dedícate a amar”. ¡Cuántos
proyectos, planes y deseos en nuestro corazón tienen un origen egocéntrico e
inician caminos cuyo encuentro con la voluntad de Dios sólo puede producirse
porque su gracia y misericordia vienen, una vez más, a rescatarnos!. Lastimosamente,
demasiadas veces el YO se impone al Amor en la toma de decisiones.
Cuan ciertas son las palabras de
san Juan de la Cruz: “En el atardecer de nuestra vida, seremos juzgados por el
amor”. Por tanto, el YO debe desaparecer para dejar espacio al amor. ¡Cuánto Yo
me sobra, y cuánto amor me falta!. No estamos llamados a hacer la voluntad de
Dios para ser vistos o para ser alabados, sino para alinearnos a la perfecta
sabiduría, haciéndolo por amor desinteresado. O mejor dicho, ¡con pasión!. «No a nosotros,
Yahvé, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria, por tu amor, por tu verdad»
(Sal 115,1).
Un anhelo, cuya intensidad
causaba un dolor indescriptible en mi corazón, suplicaba por un último contacto
con mi esposa, como para poder decir y escuchar lo que no pude o no supe
cuando, según mi entender, tocaba. Todo ello unido a las preguntas, ¿ahora que
voy a hacer? o ¿qué quieres de mí? acompañaban mi tremendo sufrimiento interno.
Inmerso en esa situación, sentí como Dios me recordaba el mensaje ya expuesto
con anterioridad. Entendí que, sin amor todo lo que pueda intentar ofrecer o
dar para el Reino de Dios pierde su valor, pudiendo incluso llegar a ser un
instrumento de destrucción más que de edificación. Me lo recalcó con estas
palabras: «No podéis ir adonde yo voy. Os doy un mandamiento nuevo: que os
améis unos a otros; que, como yo os he amado, así os améis también entre
vosotros» (Jn 13,33-34). Ciertamente, mi esposa está con Cristo en un lugar
inaccesible para mí, (al menos que Dios quiera regalarme un milagro). Así pues,
mientras siga en esta vida la misión primera y principio de cualquier actuación
ha de ser el amor. Está totalmente claro. Nada vale, nada sirve sin amor. San
Pablo nos recuerda en la Carta a los Corintios cual es el camino más excelente,
superando incluso a los carismas superiores: la caridad. Nos dice que sin ella: «soy como bronce que
suena o címbalo que retiñe […] nada soy […] nada me aprovecha» (1 Co 13, 1-3).
Leía hace unos días un libro de C.
S. Lewis, recomendado por un amigo, donde encontré párrafos y frases con
interesantes mensajes. Transcribo el siguiente, escrito en su libro, pero
referido a William Law: “Si os detenéis y os preguntáis por qué no sois tan
piadosos como los primeros cristianos, vuestro propio corazón os dirá que no es
por ignorancia ni por incapacidad, sino sencillamente por no haberlo intentado
seriamente jamás” (C.S. Lewis, El problema del dolor, pàg. 80). ¿He intentado,
seriamente, en mi vida amar a Yahvé mi Dios con todo mi corazón, con toda mi
alma y con todas mis fuerzas (cf. Dt 6,5)? ¿He luchado por amar, incluso hasta
que duela, como nos invitaba la santa Madre Teresa de Calcuta?, ¿He amado a los
demás como Dios me ha amado en Jesucristo, quien cuando aún éramos enemigos
suyos quiso morir por los impíos y reconciliarlos para darles acceso a la
salvación (Cf. Rm 5,6-11)? Y eso sabiendo que muchos, o todos, le volveríamos a
traicionar repetidamente.
¡Tantos años pensando que estaba
haciendo cosas valiosas para servir a Dios y me faltaba el principio
insustituible en el origen de mis acciones: el amor a Dios y al prójimo! Pero
no el aparente amor de palabra y de débiles propósitos cuyo nacimiento coincide
con su muerte. Más bien aquel capaz de amar a los enemigos y orar por ellos,
bendecirles y desearles lo mejor (Cf. Mt 5,44). Se trata de un amor únicamente
posible por el derramamiento del Espíritu Santo en nuestros corazones (Cf. Rm
5,5). Corazones, muchas veces de piedra, de donde sólo es posible expandirse
por medio de las fisuras y roturas, creadas no sin dolor. ¿serán estas fisuras
los actos de perdón, de reconciliación y rechazo al resentimiento?. Creo que este
sería un buen comienzo para romper las durezas enquistadas.
Normalmente cuando nos insultan,
respondemos con otro insulto, con agresividad y resentimiento; si nos
persiguen, criticamos, deseamos algún mal o destrucción; si nos difaman,
encienden el fuego de nuestro amor propio y se desborda la muerte por nuestra
impía boca. ¡Que fracaso, después de años de supuesto cristiano, sentir la
impotencia de no controlar los impulsos básicos contrarios a la caridad! San
Pablo nos da una lección en su forma de obrar: «Si nos insultan, bendecimos; si
nos persiguen, lo soportamos; si nos difaman, respondemos con bondad. Hasta
ahora venimos siendo la basura del mundo y el desecho de todos» (1Co 4,12).
¡Qué hermoso sería ser tratados como basura y deshecho pero llenos de un amor
inextinguible y contagioso, sin la tristeza a la que nos arrastra nuestro EGO
herido, más con el gozo de sentirse dignos de sufrir ultrajes por amor a Dios y
el nombre de Jesucristo (Cf. He 5,41)!.
La Palabra de Dios es una carta
de amor y como tal, llena de mensajes directos al corazón. El amor de Dios se
desborda en ella, implícita y explícitamente. Repito, ¡lo más importante es
amar!. Y de hecho, ¿no se trata de comportarnos a imagen y semejanza de nuestro
Creador?. Él no deja de ofrecernos maravillas naturales y sobrenaturales (¿Cómo
serán las bellezas eternas si las perecederas alcanzan tan impresionante hermosura?).
En ningún caso porque hayamos hecho algo para merecerlo, más bien por el resultado
de un acto eterno de amor incomprensible para nuestras capacidades intelectuales.
Un amor sin límites, sin excusas, capaz de sobrepasar nuestra indignidad y de
entregarse hasta el extremo (cf. Jn 13,1) con la esperanza de recibir alguna correspondencia,
aunque sea dentro de los límites de nuestra naturaleza herida por el pecado. Esto
me recuerda, como analogía, la parábola donde aquel a quien se le perdonó mucho
no quiso hacer lo mismo con su deudor (cf. Mt 18,23-35). ¿Por qué si soy indigno
beneficiario del amor incondicional de Dios, espero la dignidad, según mis
criterios, de mi prójimo para ofrecerle mi amor? Si he recibido tanto, ¿Por qué
no correspondo a Dios como se merece y a los demás como se me ha enseñado (cf.
Jn 13,1), o incluso ordenado (cf. Jn 15,17)?. Lo dice san Pablo: «querer el
bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el
bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero» (Rm 7,18-19. Si, es
cierto, nuestra flaqueza no nos permite encarnar adecuadamente el deseo de
amar. Aun así, no puedo aferrarme a esta excusa para pretender vivir en falsas
justificaciones. La lucha y la gracia de
Dios, estarán siempre presentes en el ascendiente en el camino del amor.
Deseo, ahora, hacer hincapié en el
dolor del amor. Quizás podamos llegar a entender un malestar causado por la
decisión amar en contra de los sentimientos. Un dolor interior generado por
nuestra naturaleza caída como protesta a un hecho opuesto a su perturbada
voluntad. Ahora bien, una acción del más puro amor, cuyo deseo consiste sólo en
querer el bien del otro, ¿puede llegar a causar dolor en el destinatario?. Mi
experiencia personal, confirma la aparición de dolor, incluso de alta
intensidad, en un desenlace encabezado por la voluntad del más excelso amor. «Dios
es amor» (1Jn 4,8), su voluntad es perfecta (cf. Rm 12,2), y con su sabiduría
ha querido llevarse a un ser extremadamente querido, después de años de
sufrimiento, en un duro final. Creo, no sin esfuerzo, que detrás de tan
indescriptible dolor existe un plan de perfecto amor con perspectiva eterna.
Bienes de inimaginable valor han de acontecer después de pasar por la dolorosa
prueba de un amor tan purificador y desgarrador. «A los que aman a Dios todo
les sirve para bien» (Rm 8,28).
Puede llegar a ser muy duro
aceptar estos conceptos. Cuesta mucho digerir el sufrimiento y la angustia. Nos
es más fácil entender el amor, divino o humano, en un contexto de benevolencia
permisiva. Es decir, ¡qué importa lo que se haga si el otro está contento!. Debo
admitir que mi idea personal de amor debe ser corregida. Siempre había
presupuesto aquella dulce benevolencia llevándome a una felicidad milagrosa.
Ciertamente, «Dios es amor» (1Jn 4,8), pero lo es a su perfecta manera y, más
allá de la mera benevolencia, desea tratarnos con intención de perfeccionarnos,
así como el artista trabaja para modelar su obra hasta conseguir la máxima
belleza. En este contexto podemos abrazar la siguiente cita de la Palabra de
Dios: «Yo a los que amo los reprendo y corrijo» (Ap 3,19). Porque es Padre perfecto, mucho más allá
de la mejor idealización humana al respecto, nos quiere perfeccionar y
santificar a su imagen (cf. Lv 20,7). La fe nos ha de permitir creer en el bien
subyacente al moldeo ejercido por nuestro Creador para convertirnos en la mejor
versión de su imagen y semejanza antes de llegar, por gracia, a los bienes
eternos junto a los bienaventurados ya transformados. Pero, ¿a quién le gusta
sufrir sobre sus carnes, o su alma, un desgarrador moldeo?. Si pudiéramos
contemplar la belleza de la obra finalizada llegaríamos a aceptar con mayor
facilidad muchas cosas, pero eso sería sortear un camino ineludible cuyo final
glorioso está destinado a los que han creído y confiado en su hacedor, aún en
tiempo de aflicción y de pruebas. Son hermosas las palabras de Pedro: «A fin de
que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es
probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor,
en la Revelación de Jesucristo» (1Pe 1,7). Amándonos, Dios también desea
corregir y purificar aquellas áreas de nuestra vida que lo necesitan, nunca con
desprecio, sino haciéndonos el increíble cumplido de amarnos con un amor
inimaginable e infinito, pero a la vez con episodios trágicos, aunque,
necesarios e indiscutiblemente transformadores, si así lo ha dispuesto la
voluntad divina. Nuestros frutos serán más bellos, más dulces y más abundantes
si somos podados y liberados de nuestras partes secas y podridas (cf. Jn 15,2),
pero ¿realmente deseamos ser podados?. ¡Cuántas veces mis imperfectos criterios
chocan frontalmente con el plan de amor diseñado por Dios!. Señor, ¡Duele!,
pero como tú dices: «nos son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni
vuestros caminos son mis caminos» (Is 55,8). Claro, volvemos a la fe y a la
confianza durante el proceso.
Dios ha elegido darse totalmente sabiendo
que no somos capaces de corresponderle. Su perfecto amor constituye el modelo a
seguir: darlo todo sin esperar nada. Por supuesto, su amor va mucho más allá de
la falsa idealización de la caridad permisiva. El verdadero amor persigue dar
lo que realmente necesita el otro y no lo que uno mismo cree necesitar bajo un
punto de vista subjetivo y con muchas posibilidades de egocentrismo. Si el amor
llega a causar dolor en el amado, sólo puede llegar a entenderse porque,
agotando todas las vías alternativas, es el único camino para alcanzar más
belleza, santidad y cercanía a Dios. Y como dice san Pablo: «lo que pido en mi
oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más en el conocimiento
perfecto y todo discernimiento» (Fl 1,9). ¡Qué importante es tener el don del
discernimiento para saber cómo actuar correctamente en el ejercicio de amar y cómo
interpretar correctamente el amor recibido!
¡Que Dios nos conceda la gracia
de aceptar los procesos por los que pasamos, sin rebeldía y sin queja, aunque
las tinieblas estén ahogando la esperanza y atacando sin piedad la fe!. Abrazados y confiados en un Amor que nunca
podrá traicionarnos seguiremos adelante, siempre amando. Mientras esté vivo mi
misión es el amor. Amor a Dios y al prójimo en lugar de amor propio. Y como no
finalizar con aquellas palabras tan famosas de San Agustín: «ama y haz lo que
quieras».

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