martes, 4 de junio de 2013

SIN UNIDAD NO HAY BENDICIÓN


 
«Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones» (1Tm 2,8)

En estas palabras de la Carta a Timoteo el apóstol Pablo expone un deseo personal, en comunión con la voluntad de Dios. Se trata de la unidad y la paz en la Comunidad Cristiana. Lastimosamente, desde los inicios del cristianismo han existido discusiones y divisiones. Es inevitable que haya diversos puntos de vista sobre ciertos temas, sobre todo cuando la Palabra de Dios no habla explícitamente de alguna cosa y hay que discernir la verdad a partir de interpretaciones. Normalmente, las diferencias tratadas correctamente y expuestas con humildad y sincera búsqueda de la voluntad de Dios acostumbran a acabar bien y producen frutos positivos. En cambio, cuando los distintos puntos de vista tienen alguna raíz pecaminosa, la disyuntiva, casi con toda seguridad, acaba en división. ¿Cuál es la raíz pecaminosa que divide más? La soberbia. Y ésta se puede encontrar tanto entre iguales, como en el superior o en el súbdito. La soberbia u orgullo lleva consigo una serie de hijos que, entre otros, pueden ser: la crítica, la murmuración, la queja, la difamación, la burla, la envidia, etc…

Es muy hermoso experimentar la unción del Espíritu Santo en una iglesia unida donde la alabanza y la adoración brotan al unísono. La gloria y la presencia de Dios pueden sentirse en estas circunstancias. Es algo muy hermoso. Por otra parte, es muy triste observar lo contrario, es decir, oscuridad, monotonía, ritualismo rutinario y vacío. Estos elementos podrían ser los frutos de la discordia, ya sea oculta o manifiesta.

¿cómo está tu grupo de oración, tu comunidad o tu iglesia? ¿Hay unión o división? Y si hay división, no pienses en aquello que puedan hacer los otros para arreglar la situación, sino en lo que tú puedes hacer. Las discusiones y la división son cosas contrarias a Dios. Donde están ellas no está el Espíritu Santo, o al menos su misión no puede realizarse plenamente. En una comunidad cristiana siempre existirán controversias a solucionar, pero esto no tiene por qué ser un impedimento para la unidad. Ésta puede existir en la diversidad cuando la mente y el corazón de todos están unidos en un mismo Espíritu y forman un solo cuerpo en Jesús. Hay que tener paciencia con los errores y defectos de nuestros hermanos, sobretodo de los responsables y pastores, ya que nadie es perfecto. Ahora bien, éstos no deben acostumbrarse a una indulgencia permanente de sus fallos, bajo la protección de su posición y autoridad. Porque si es peligrosa la soberbia de un discípulo, mucho más lo es la de un líder o pastor, y ambas causan división.

Dios es Uno y Trino. En Él no existe discusión ni división posible. Dice Jesús: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30). Cristo únicamente busca la voluntad del Padre en perfecta harmonía: «No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.» (Jn 5,30). ¿Alguno podría suponer por un momento la posibilidad de una discusión entre el Padre y el Hijo? ¿Os podríais imaginar al Padre pidiendo la ejecución de algún hecho y a Jesús diciéndole: no lo voy a hacer porque no estoy de acuerdo? Esto es impensable e imposible. Ya sé que estamos hablando de Dios y que en Él existe una unidad absoluta en un mismo Espíritu. Cuando una de las Personas de la Trinidad, piensa, dice o hace algo, en realidad es Dios en su totalidad quien lo realiza. Jesús nos enseña algo esencial para mantener la unidad. Se trata de buscar la voluntad de Dios y no hacer nada por sí mismo (Cf. Jn 5,10). Para esto hace falta humildad, ya que puede darse la situación de que la voluntad de Dios no coincida con la nuestra y haya que renunciar a los propios planes, o al menos modificarlos para alinearlos al beneplácito de Dios.

Por analogía, si Dios es unidad y paz, allí donde están ellas presentes también lo está el Señor haciendo grandes cosas. Por otro lado, donde hay división y discusión Dios no puede sentirse cómodo y su acción sobre los hombres se ve gravemente limitada. San Pablo, en la Carta a los Efesios hace otra llamada a la unidad: «Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4,1-4). En esta cita bíblica  encontramos los pilares de la unidad, que son: la HUMILDAD, la MANSEDUMBRE, la PACIENCIA, el AMOR. Si existen estas cuatro cosas básicas podemos estar seguros de que será posible la UNIDAD y la PAZ.

Ahora bien, ¿qué podemos hacer si en el lugar cristiano que frecuentamos existe división y discusión?. Ante todo orar sin desfallecer para que el Espíritu Santo, que es Espíritu de unidad, tenga misericordia y guíe a las personas por caminos de reconciliación. Y a partir de aquí hacer todo lo que esté en nuestras manos para recuperar la paz y la unidad. Recordemos estas palabras del Maestro infalible, Jesús: «Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda» (Mt 5,23-24). Verdaderas y hermosas palabras que deberían hacernos pensar mucho ante tantas situaciones de división.  Jesús está hablando de algo típico de los judíos, que era presentar ofrendas en el altar del Templo ante Dios. ¿Acaso creemos que nuestras ofrendas serán agradables mientras estemos discutidos con el hermano?. Ahora bien, ¿y si cambiamos la palabra ofrenda por otras? Por ejemplo: “cuando vayas a misa”, “cuando vayas a alabar, a adorar”, “cuando vayas pedir algo a Dios”, etc… ¡Párate y reflexiona!... Todo lo que hagas ante el Señor no te servirá de mucho si no estás en paz con tu hermano. Primero haz el propósito de esforzarte para alcanzar la reconciliación, la unidad y la paz, luego continúa con tu oración y cumple tu promesa. Si aún después de muchos esfuerzos por una de las partes no se consiguen los resultados deseados porque la otra parte se mantiene inflexible y hay un bloqueo para solucionar el tema, entonces es momento de discernir, con la ayuda de Dios y de alguien experimentado y espiritual, que determinación debemos tomar. 

Si en tu grupo, comunidad, asociación cristiana, movimiento o iglesia, no hay unción, los carismas desaparecen, la gente está apática y protestona, y hay otros signos similares, quizás una de las posibles causas sea la falta de unión interna y/o externa. La división no resuelta conlleva consecuencias negativas. Muchas veces oímos voces que llaman a la unidad interconfesional, y está bien fomentarla, pero ¿cómo está la unidad en nuestra casa? Recordemos otras palabras de Jesús: «Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá» (Mt 12,25). Si en el lugar donde estamos existe división caminamos hacia la autodestrucción.

Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo son Uno. El Espíritu ha sido derramado en los corazones de todos los bautizados. Tenemos «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos» (Ef 4,5-6). Entonces si Dios es uno, el Espíritu Santo derramado es siempre el mismo y la Verdad que nos trae es inmutable, ¿qué está sucediendo? ¿acaso no estaremos facilitando las cosas al Diablo con nuestras divisiones?.

 Seguro que mucho más de lo que estamos haciendo podemos realizar para intentar recuperar la unidad y la paz. Por último, quedémonos con esta cita bíblica, cuya exhortación no puede ser expresado de mejor forma: «Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer» (1Co 1,10).

Señor Dios todopoderoso permítenos repetirte la oración de tu Hijo Jesús: «Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros» (Jn 17,11). Hermanos, pidamos luz al Señor en oración para que nos muestre qué debemos hacer para avanzar hacia la unidad y la paz.

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