viernes, 18 de mayo de 2018

EL ESPÍRITU DA VIDA




Sin el Espíritu Santo nuestra existencia carecería de interés, no tendría calidad ni perspectiva de futuro. Las ataduras, el pecado y la muerte nos someterían sin piedad y sin posible solución que lo remediara. No tendríamos posibilidad de vencer las acechanzas del diablo, el sacrificio de Jesús en la Cruz habría sido en vano y todas las promesas de Dios no tendrían forma de llevarse a cabo. ¡Qué inmensa e irremediable fatalidad si el Señor hubiera olvidado la promesa de enviar su Espíritu!, más ¡Qué necia fatalidad cuando el hombre se olvida del Espíritu Santo!. Para gloria de Dios, sabemos que Él no pierde la memoria ni deja de cumplir sus promesas porque «es fiel por los siglos de los siglos» (Sl 100,5). Pero, ¿y qué pasa con el hombre?

Seguramente habremos oído la expresión, atribuida al Espíritu Santo, el gran olvidado, como también el gran desconocido o el ausente. Lastimosamente ha sido y sigue siendo olvidado en muchos ambientes cristianos. También ha existido y continúa existiendo un gran desconocimiento sobre Él, pero afortunadamente no ha estado ausente, por lo que este título no ha sido muy acertado. ¡Dios nunca ha estado ausente!. Ha llorado con nosotros, ha sufrido con nosotros, ha sido paciente (muy paciente), misericordioso (muy misericordioso), y ha sido santamente insistente llamando sin cesar a la puerta de nuestro corazón (cf. Ap 3,20), por eso cuando se la hemos abierto Él estaba allí para alegrarse y celebrarlo con nosotros, añadiendo a la fiesta el gran regalo de una nueva vida que Sí tiene sentido.

                Si confiáramos en Dios y creyéramos en su Promesa correríamos a pedirle tan inconmensurable don y él nos lo daría (Cf. Jn 4,10) porque si nosotros siendo malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, «¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan» (Lc 11,13). Ahora bien, debemos empezar dando un paso de fe pidiendo aunque no comprendamos, pues si creemos veremos la gloria de Dios (cf. Jn 11,40). 

                San Pablo, llego del gozo del Espíritu Santo, insiste varias veces en sus cartas que «el Espíritu da Vida» (cf. Rm 8,2; cf. Rm 8,10; cf. 1Co 15,45; 2Co 3,6), y realmente este es un gran mensaje que no debemos despreciar. El Apóstol recibió la bendición de poder experimentar una verdadera transformación personal, pasando de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, del error a la verdad, descubriendo que ciertamente «el Espíritu es el que da la Vida» (Jn 6,63), tal y como Jesús anunció sin que exista nada ni nadie que pueda sustituirlo.

                El Espíritu Santo es Dios mismo actuando con poder en cada persona que se deja transformar por él. Sin el Espíritu no hay vida que valga la pena, porque no habrá libertad, ni verdadero gozo, ni verdad, ni santidad, ni paz, ni poder de Dios en nuestras vidas para vivir como sus hijos adoptivos que claman dichosos “Abba Padre”. ¿Cómo podríamos afirmar que vivimos sin haber recibido los dones, frutos y carismas del Espíritu santo? ¿Qué clase de vida sería esa? Dios Espíritu es el verdadero tesoro que da auténtica vida, por el cual vale la pena luchar, dejarlo todo y seguirle, despreciando y rechazando todo aquello que pertenezca al espíritu del mundo, aunque esto implique dejar que «los muertos entierren a sus muertos» (Mt 8,22). No importa lo que digan, ni lo que piensen, ni lo que hagan los demás, sólo importa que sin El Espíritu Santo no hay vida aunque lata el corazón de carne, o quizás de piedra. ¡Vale la pena luchar! Dios lo ha prometido.

                Se ha escrito mucho sobre el Espíritu Santo, ya sea desde una perspectiva teológica o a partir de alguna experiencia personal. No obstante, aquello que parte de una vivencia real de otras personas nos puede ayudar con mayor facilidad a recorrer un camino similar hacia un encuentro renovador con el Espíritu Santo. Por tanto es provechoso buscar literatura sobre este y otros temas espirituales. Y recuerda, si otros han podido llegar tú también puedes, porque Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (Cf. 1Tm 2,4). Un gran ejemplo y testimonio lo encontramos en un santo carismático, aunque él nunca conoció esta tipificación. Se trata de san Serafín de Sarov (1753-1833), quien decía cosas como estas: «el objetivo de la vida cristiana consiste en la adquisición del Espíritu Santo». «Aquel que por su fe en Cristo posee el Espíritu Santo, aunque por debilidad humana haya cometido un pecado que causa la muerte de su alma, no morirá por siempre, sino que será resucitado por la gracia de nuestro Señor Jesucristo que ha cargado con los pecados del mundo y ha dado gratuitamente gracia sobre gracia». «Por lo que respecta a los diferentes estados de monje yo y de laico vos, no os preocupéis. Dios busca por encima de todo un corazón lleno de fe en Él y en su Hijo único, y como respuesta a esta fe, envía desde el cielo la gracia del Espíritu Santo […] El corazón del hombre es capaz de contener el reino del cielo» (extraído del libro, Sant Serafí de Sarov, ed. El gra de Blat). Con estas palabras del santo se puede confirmar lo que ya se ha ido diciendo. Resumiendo, el objetivo de la vida es llenarse del Espíritu Santo para ser renovados y recibir la verdadera y auténtica vida en este mundo y en la resurrección. Maravilloso es saber que con la venida del Espíritu Santo nuestro corazón alberga el mismísimo reino del cielo. ¡Cómo no alabarle, cómo no darle gracias, cómo no luchar incesantemente para que habite en nosotros, para agradarle, para creer firmemente y para dejar que nos utilice como instrumentos de su Reino extendiendo su Verdad, proclamando sus grandezas y realizando las mismas obras, u otras mayores, que Jesús (Cf. Jn 14,12)!. «Haz esto y vivirás» (Lc 10,28)

domingo, 4 de marzo de 2018

Jesús, muerto en la cruz, es el Señor



1. Un Día Santo (Lv 16; Lv 23,26-32; Hb 9,6-14)

El significado del sacrificio de Jesús en la Cruz fue simbolizado unos 1200 años antes de su muerte mediante lo que se conoce como Yom Kippur. Y, ¿qué es y en que consiste este Yom Kippur?. Ante todo debemos entender que se trata del día más santo del año para el pueblo judío, celebrado el dia décimo del més séptimo (10- Tishri), que para nosotros, este año 2018 equivale al 19 de septiembre. Es una jornada exclusivamente dedicada a Dios sin que nada entorpezca la plena dedicación. Día de ayuno y ofrendas a יהוה - YHWH. La palabra Yom significa día, y Kippur significa expiar o a la acción de cubrir algo. De esta celebración quisiera destacar tres particularidades de sus orígenes:

1.1. Sacrificios.

Se realizaban tres sacrificios:

Un novillo como expiación de los pecados del sumo sacerdote y de su familia. Esto era necesario porque también el sumo sacerdote era un hombre pecador.

Un macho cabrío como sacrificio por el pecado del pueblo. Sabemos que el castigo por el pecado es la muerte (cf. Ez 18,20;  Gn 2,17; Rm 6,23), de manera que ese animal cargaba con la pena exigida y era inmolado como sacrificio por el pecado del pueblo.

Un macho cabrío en el que se imponían ambas manos sobre su cabeza y el sumo sacerdote  cargaba sobre ella los pecados, iniquidades y rebeldías de todos los israelitas. Dice la Biblia que este otro era «para Azazel» (Lv 16,8), expresión que ha llevado, fundamentalmente, a dos interpretaciones:

  1. En una primera se considera que el nombre se refiere al propio macho cabrío asumiendo la traducción del término hebreo como «la cabra de emisario» o «chivo expiatorio». De esta manera se liberaba la conciencia del pueblo de sus pecados expulsándolos de su territorio.
  2. Otra interpretación entiende que «Azazel» es el nombre de un ángel caído ya que la terminación hebrea también puede ser utilizada para esta designación. Igualmente el macho cabrío era enviado al desierto cargando con las iniquidades de todo el pueblo, pero esta vez, para encontrarse con un demonio.

Todo esto, como dice la Carta a los Hebreos, sólo era un prefiguración de lo que Jesucristo realizaría una vez para siempre. Con Jesús, los tres anteriores sacrificios se entienden de la siguiente manera:

El novillo necesario para la expiación de los pecados del sumo sacerdote y de su familia ya no es necesario porque Jesucristo, el nuevo sumo sacerdote, no tiene pecado (cf. He 4,15; 1Pe 2,22).

Jesús sustituye los sacrificios de machos cabríos ofreciéndose a sí mismo. Él soportó el castigo que nos merecíamos (cf Is 53,5) ya que «vino a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28). El precio de este rescate definitivo «no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo…» (1 Pedro 1:18-19), que «se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios» (He 9,14), muriendo en una Cruz.

Al inicio hemos visto que la palabra Kippur puede significar expiar o cubrir algo. Así pues, en ese día santo los pecados del pueblo recibían una expiación provisional, como «una purificación de la carne» (He 9,13), y como un anuncio de los bienes futuros. Aquellos sacrificios antiguos, ofrecidos año tras año, no podían llevar a la perfección a quienes los realizaban (cf. He 10,1), de manera que sus iniquidades recibían algo parecido a un ocultamiento, siendo alejadas de ellos. Aquí entra en escena el segundo macho cabrío enviado al desierto, cargando con todo el pecado del pueblo y alejándolo de el. Ahora, es Jesús quien carga con todo el pecado y sus consecuencias, no sólo de un pueblo determinado sino de toda la humanidad de todos los tiempos, ejerciendo una verdadera liberación de todo mal. «Fue Él quien, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que muriésemos a nuestros pecados y viviéramos para la justicia» (1 Pe 2,24).

Aquel macho cabrío entraba en un territorio considerado hogar de los malos espíritus. Quizás, además de significar la liberación de los pecados, también significaba la devolución de toda esta inmundicia a su instigador y precursor. No obstante, aquel cabrío debía perecer en medio de tanta desolación.

Jesús también fue al desierto. Se internó en el después de su bautismo. Y es que el bautismo de Jesús va mucho más allá de un acto de humildad, de obediencia, o de una maravillosa epifanía. Su primo Juan «predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Mt 1,4), acción que se seguirá realizando y que se complementará con la venida del Espíritu Santo en el mismo acto sacramental.

¿Acaso Jesús necesitaba el perdón de los pecados? Sabemos y creemos que no. Lo que realizó, entre otras cosas, en ese día al sumergirse en las aguas del Jordán fue cargar sobre Él con todos los pecados que otros habían soltado, y a continuación partió hacia el desierto, como si del chivo expiatorio se tratara. Cargando con todos los pecados y sin perecer en la desolación, se enfrentó al Demonio en su territorio, derrotándole y haciéndole huir.

Podríamos decir que Jesús experimenta una primera pasión de 40 dias de ayuno en el desierto, seguida de una primera victoria y un final donde el cielo se hizo presente en la Tierra para servir al Señor vencedor (cf. Mc 1,13). Todo ello sería un avance de lo que sucedería inmediatamente después de su muerte en la Cruz, cuando ya no entró en un desierto terrenal sino que bajó a los infiernos llevando con Él todos los pecados de la humanidad de todos los tiempos. Allí derrotó definitivamente el pecado y la muerte, arrebatando al Diablo las almas que habían de salvarse. Sobre esto, si alguien lo desea, puede consultar el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 631-635)

1.2. Pronunciación del nombre de Dios

Según la tradición judía cuando el sumo sacerdote entraba en el lugar santo de los santos, tras el velo que lo ocultaba, solo en presencia del Altísimo, pronunciaba el Nombre de Dios. Era el Nombre que se le había revelado a Moisés desde la zarza ardiendo, compuesto de cuatro letras, יהוה - YHWH. A nadie le era lícito pronunciarlo, excepto al sumo sacerdote y únicamente este día santo. El sacerdote antes de realizar su último suspiro transmitía el correcto pronunciamiento a su sucesor. Fuera de esta ocasión se sustituía el Nombre por Adonai, que significa Señor.

2. El Nombre sobre todo nombre

También los cristianos tenemos nuestro día santo de gran expiación (viernes santo), ya no en figura sino en realidad, y ya no para los pecados de una sola nación sino para los del mundo entero (cf. 1Jn 2,2; Rm 3,25). De igual forma en el día santo cristiano se pronuncia un Nombre. El Apóstol Pablo nos dice: «Cristo se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,8-11). A Jesús se le otorga el mismo nombre inefable de Dios. Pablo proclama el Adonai (en griego Kyrios y en español Señor) que se utilizaba para referirse a Dios como sustitución de la verdadera pronunciación del Nombre divino para referirse a Jesucristo.

Cuando Moisés pidió a Dios que le revelara su nombre, recibió como respuesta: «Yo Soy el que soy» (Ex 3,14). Jesús dijo: «Cuando levantéis al Hijo del Hombre sabréis que Yo Soy» (Jn 1,28). También en otra ocasión, cuando iban a prenderle en el Huerto de Getsemaní preguntó: «¿A quién buscáis? Le contestaron: A Jesús el Nazareno. Les dijo Jesús: Yo Soy. Retrocedieron y cayeron a tierra» (Jn 18,4-6). Todos cayeron a tierra porque Jesús acababa de pronunciar su Nombre divino, aquel que nadie podía pronunciar, desencadenando por un instante su poder bajo el cual toda rodilla se doblará (cf. Is 45,23).

3. Jesús es el Señor

Jesús es el Señor lo sepamos o no, lo queramos o no lo queramos. Y además, Dios ha restablecido su dominio, rechazado por el pecado, por la obediencia de Cristo. ¡Dios ha vuelto a reinar desde la Cruz!. Y como dice San Pablo: «Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos» (Rm 14,9).

La proclamación del señorío de Jesús debería causarnos un gran gozo, si no es así algo está fallando. Cuando los primeros cristianos recibían el kerygma o buena nueva, lo hacían por este orden: Jesucristo ha muerto, Jesucristo ha resucitado, ¡Jesucristo es el Señor!. El camino del kerigma llevaba a una explosión de gozo y alegría al descubrir al verdadero Señor. Pero se trata de descubrirlo de forma vivencial y no teórica. Sentir y vivir la presencia del Señor resucitado cambia por completo la vida de la persona. Transforma las tinieblas en luz, la tristeza en alegría, la desilusión en esperanza, etc… Recordemos aquella escena de los apóstoles pescando en el lago de Tiberíades, después de la muerte de Jesús. Seguramente estarían abatidos y desmotivados hasta el punto que habían recuperado sus antiguas rutinas. De repente apareció un hombre en la orilla iniciando una conversación con ellos, el cual como respuesta solo oía quejas por no haber pescado nada. Pero de pronto, en el corazón de uno de ellos se encendió una luz; reconoció a aquel hombre y exclamó: «¡Es el Señor!» (Jn 21,7). Y de golpe ¡todo cambió en la barca!

¡Jesús es el Señor! Debemos volver al anuncio apasionado de esta verdad con el poder del Espíritu Santo. Allá donde no se proclama este mensaje, o se relativiza poniendo el señorío de Jesús a la altura de otras figuras, todo se desmorona y pierde vigor. En cambio, donde se recupera tal proclamación con toda su pureza y con verdadera fe, el Espíritu Santo lo reanima todo, inflamando los corazones con su fuego santo, y ya nada es igual en “la barca”.

4. Aceptar a Jesús

Una vez hemos descubierto que Jesús es el Señor debemos dar un paso más. Como dice el P. Cantalamesa, no es lo mismo decir “nuestro señor Jesucristo” que “Jesucristo es nuestro Señor”. Si esto lo lleváramos a un terreno más práctico, igualmente, no sería lo mismo decir, por ejemplo, nuestro señor alcalde que el alcalde es nuestro señor.

Es imprescindible creer, aceptar y proclamar el señorío de Jesús en la vida de cada uno para poder ser acogido en su reino. Encontramos palabras como estas: «Si no creéis que Yo Soy moriréis por vuestros pecados» (Jn 8,24); o bien, «Si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás» (Rm 10,9).

Alguien podría pensar que pronunciando estas palabras como si de un conjuro se tratara sería suficiente para obtener sus beneficios. Pero no es así, ya que «nadie puede decir ¡Jesús es el Señor! si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1Co 12,3). Por este motivo los demonios, en los evangelios, nunca pronuncian este título de Jesús, ni nunca lo harán. Aplican títulos como: «Tú eres el Hijo de Dios», o «Tú eres el Santo de Dios» (cf. Mt 4,3; Mc 3,11; etc…) pero nunca exclama: ¡Tú eres el Señor!. Todos los demás datos son objetivos, se trata de realidades que no dependen de ellos ni crea ninguna dependencia o sumisión. Pero decir ¡Tú eres el Señor! es algo muy distinto. Implica una decisión personal. Significa reconocerlo como tal y someterse a su dominio. Es como decir: Jesucristo es mi Señor, Él es la razón de mi vida, yo vivo para Él y no para mí.

Nosotros reconocemos a Jesús como el Señor uniéndonos a toda lengua, en los cielos y en la Tierra, que lo  proclama para gloria de Dios Padre (cf. Flp 2,11). Pero no nos conformamos con una simple proclamación sino que, confirmando que tal confesión surge por obra del Espíritu Santo, doblamos nuestra rodilla sometiéndonos con amor a nuestro precioso y amadísimo Jesús.

        Al mundo incrédulo y soberbio le gusta usar la dialéctica, la discusión y los razonamientos sin fin para hablar de Dios. Esto provoca una búsqueda continua sin llegar nunca a encontrar la verdad, porque nunca llega el sometimiento mientras se discute. La proclamación del kerigma no da explicaciones, expone, como hemos visto anteriormente, la muerte, la resurrección y el señorío de Jesús. Es la propia presencia de Dios, con su autoridad, la que actúa iluminando los corazones, destruyendo cadenas, rompiendo velos cegadores y causando un descubrimiento único de la Verdad. Porque Él es luz que brilla por sí misma y no puede ser esclarecida con otras luces, sino que es ella la que lo esclarece todo. Jesús es el «Rey de reyes y Señor de Señores» (Ap 19,16); quien no lo ve así, lo único que puede proclamar es que él mismo es ciego.

¡JESÚS ES EL SEÑOR, PARA GLORIA DE DIOS PADRE!

martes, 19 de diciembre de 2017

...Y VINO JESÚS!!!



Recuerdo una canción que finaliza diciendo “Clamé, me oíste. Me viniste a rescatar” (Evidentemente está hablando de Jesús). De la venida de Jesús, es de lo que quisiera referirme en estos días previos a la Navidad de 2017. Encontraremos multitud de mensajes típicos y tópicos, unos harán alusión al nacimiento de Jesús y otros, desacralizando la festividad, pretenderán desviar nuestra atención con deseos de felicidad, amistad, prosperidad…, pero sin Dios; lo que significa que intentarán engañarnos. Un año más continúa la lucha, no sólo dialéctica sino también espiritual, para reconducir a las personas hacia la Verdad o para emplazarlas en el vacío de mensajes esperanzadores sostenidos por falsos cimientos, ajenos al que es Piedra Angular y garantía eterna.

En los Evangelios se repite al menos 18 veces la expresión «he venido» en boca de Jesús. Normalmente, cuando alguien se presenta en algún lugar y utiliza las palabras «he venido» es porque pretende dar algún tipo de explicación a su presencia. Y podría darse el caso que dijera cosas como: he venido porque me llamaste; he venido porque vi que me necesitabas; he venido porque lo había prometido; he venido porque me han enviado; etc… Personalmente, creo que lo que resume mejor el motivo de la venida de Jesús está escrito en Jn 10,10: «He venido para que tengáis vida, y la tengáis en abundancia». Algunas traducciones utilizan la palabra rebosar, en lugar de abundancia. Pero ambas nos sirven para comprender el mensaje. Y es que Jesús llega cargado con abundancia de bendiciones espirituales (cf. Ef 1,3) para trasladarnos de las tinieblas a la Luz verdadera (cf. 1Pe 2,9; Jn 8,12), para que no continuemos con la arruinada y mediocre vida que nos ofrece el mundo con falsas apariencias que nos sumergen en las cloacas del pecado con destino a la muerte eterna, sino para que rebosemos de una vida plena y seamos levantados con el poder de Dios hacia las estancias celestiales.

Leyendo los primeros capítulos del libro del Génesis podemos observar cómo la obra predilecta de Dios comete un fatídico error, dando origen a una humanidad rebelde y pecadora. Aunque la Biblia no lo refleje explícitamente, creo que existen dos grandes dolores, y no me refiero a los dolores físicos sobrevenidos a los hombres como consecuencia del pecado (cf. Gn 3):

1. Dolor en Dios.

La obra que Dios había modelado con tanto cariño y a la cual vivificó con su propio soplo, aquella que situó en un paraíso terrenal perfecto, arropada del amor divino, privilegiada en dones preternaturales, así como en el gozo de poder disfrutar de su habitual visita, cometió una irremediable desobediencia. Este hecho tubo que causar un dolor de dimensiones inimaginables en Dios. ¿Qué podía hacer Dios?.

Su Santidad, incompatible con el pecado, y su justicia pedían aniquilación, pero su amor pedía una segunda oportunidad. ¡¡¡Ganó el amor!!!. Podemos observar un bonito detalle de este amor cuando, en lugar de dejar a su suerte a los desobedientes Adán y Eva, cubre sus vergonzosos cuerpos desnudos con túnicas. Se trata del mismo amor que lleva a Dios a buscar continuamente la forma de comunicarse con la humanidad caída para poder reconducir sus pasos. ¿Es que existía solución?.

En esos infinitamente dolorosos momentos, la ira de Dios se focalizó contra la serpiente, seductora y mentirosa por naturaleza (el diablo), castigándola y anunciando su futura derrota por medio de un poderoso linaje (cf. Gn 3,15) capaz de pisotear la cabeza de tal despreciable criatura que había conseguido una posición de dominio y control en un nuevo mundo pecador. En cambio, el hombre no fue condenado pero sí desterrado debido a la incompatibilidad entre santidad y pecado, y porque lo merecía por haber transgredido la Ley de Dios.

Por un lado, entonces, tenemos la justicia, la ira y la santidad de Dios que no pueden tolerar la presencia del más mínimo pecado y claman por una solución drástica, mientras que por otro lado tenemos el amor de Dios que, aunque gravemente herido, no quiere desentenderse del barro modelado con tanto cariño y clama por una segunda oportunidad. Dicha oportunidad se llamará JESÚS.

2. Dolor en Adán y Eva.

Todos hemos cometido errores que han causado dolor en nuestro corazón, en mayor o menor medida. Si existe deseo de reconciliación y restauración, la persona afectada busca la manera de enmendarse y reconducir su vida correctamente. Realmente es una gran bendición contar con la posibilidad de reestablecer la amistad perdida con Dios mediante los sacramentos y la oración. Ahora bien, ¿y si no tubiéramos una segunda oportunidad?.

Creo que, de alguna manera, podríamos llegar a imaginarnos el inmenso dolor experimentado en el corazón de Adán y Eva cuando fueron plenamente conscientes de lo que habían hecho y sus consecuencias. Pero no se trata de un dolor con la esperanza de aplicar una solución conocida a corto, medio o largo plazo. Estamos ante la desesperación de no conocer ninguna forma de expiación. Es lógico pensar que Adán y Eva no habían recibido ninguna promesa de salvación, porque, en un principio, no la necesitaban.

A la angustiosa desesperación se unió la pérdida de multitud de privilegios sobrenaturales y el conocimiento del sufrimiento, el dolor y la muerte. ¡Devastador panorama!. Pero no sucumbieron y continuaron adelante. Empezaron a luchar por el día a día y a multiplicarse. Creo que en su interior debieron clamar de alguna manera a Dios, como diciendo, Señor ¿Seguro que no hay solución?

Algún ápice de esperanza debieron encontrar cuando descubrieron que Dios no venía a destruirlos, más aún, continuó conversando con ellos y con sus hijos. Y entre tantas palabras de castigo brillaban aquellas que prometían el linaje restaurador.  ¡Sí!, había solución y ellos empezaron a colaborar en favor de ella para que un día se realizara la promesa y Dios lo restaurara todo. 


                En medio de tanto dolor y después de esperanzadores anuncios, a través de los siglos,  sobre la venida de un Mesías, llega Jesús, «Rey de reyes y Señor de señores» (Ap 19,16), nacido en un pesebre para desconcierto del hombre soberbio sometido al príncipe de este mundo. Podemos escuchar en ese recién nacido la voz de Dios diciendo: ¡He venido!, y vengo a hacer que los ciegos vean, que los paralíticos caminen, que los leprosos queden limpios, que los sordos oigan y que los muertos resuciten (cf. Lc 7,22). Ante tan estraordinaria noticia, los pastores, los humildes y los sencillos acuden a adorar al Mesías, guiados por gozosos ángeles,  que con alegría inconmensurable, cantan sin cesar: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace» (Lc 2,14).

¡El cielo en la Tierra!; ¡Dios hecho hombre!; ¡la promesa se ha cumplido!; ¡Este es el linaje vencedor!. No podemos encontrar palabras de agradecimiento a Dios por venir a rescatarnos pero, sin dejar de agradecérselo con todas nuestras posibilidades, también podemos unirnos al gozo celestial de sus ángeles y santos que se alegran por nosotros y por todos los que murieron esperando al Salvador, porque  por fin el reino de Dios ha llegado a nosotros (cf. Lc 11,20).

En la segunda mitad del siglo IV, la Iglesia, sabiamente, quiso establecer una fecha para celebrar el gran acontecimiento del nacimiento de Jesús eligiendo el 25 de diciembre, aunque se desconoce el día exacto (podemos encontrar diversas teorías al respecto). Lo más importante en estos días tan especiales es la necesidad de reafirmarnos en celebrar el nacimiento de aquel que siendo Dios «se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Fl 2,7), quién habiéndose humillado sin medida para convivir con nosotros, sabemos que también se humillaría más tarde, «haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó y le otorgó el Nombre que es sobre todo nombre. Para que en el nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, y en la tierra, y en los abismos; y toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre.» (Fl 2,8-11).

Hagamos de estos días navideños un tiempo de gozo y celebración centralizado en «Cristo Jesús, el Señor», razón por la que tantas buenas manifestaciones de amor, amistad y fraternidad que nos van a invadir durante las fiestas navideñas adquieren su pleno significado, acercándonos más a Dios, a la familia, a los amigos y a los necesitados. Es Dios que, habiendo escuchado nuestro clamor, viene a nosotros. Es el único Salvador que nunca falla y sigue viniendo al mundo y a cada uno personalmente siempre que le necesitamos. Démosle la bienvenida de forma sencilla y humilde, al estilo de aquellos afortunados que pudieron acercarse al pesebre hace poco más de 2000 años.

Ante su presencia, llenos de gozo y alegría, doblamos nuestras rodillas y le reconocemos como nuestro Único Señor, nuestro Único Dios, nuestro Único Salvador, pues «estando nosotros muertos en pecados» (Ef 2,5) no nos ha rechazado ni despreciado, ni ocultado su rostro para dejar de mirarnos (cf. Sl 22,25), sino que al oir nuestro clamor suplicando auxilio nos ha mirado con un amor tan inmenso que ha querido venir con el regalo de una nueva vida llena de abundantes bendiciones.


¡FELIZ NAVIDAD!

miércoles, 4 de octubre de 2017

UNA MISMA FORMA DE PENSAR


Un mismo pensamiento, cimentado en una ideología, es lo que todo líder quisiera inculcar en sus seguidores. Seguramente, todos hemos oído el famoso dicho de que la unión hace la fuerza. Jesús mismo, cuando fue acusado de echar fuera demonios  en nombre de Belzebú, defendiéndose dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado; y una casa dividida contra sí misma, cae.» (Lc 11,17). Por tanto, la unidad es imprescindible para la construcción y el mantenimiento de cualquier organización.

Ahora bien, ¿cómo crear la unidad?, y más importante aún, ¿cómo mantenerla? Básicamente, a través del establecimiento de criterios y formas de pensar universales. Veremos dos posibles opciones:

1. Mediante una ideología.

La historia de la humanidad está llena de episodios dominados por ciertas ideologías humanas, las cuales nacen del pensamiento de algún individuo capaz de contagiar sus ideas o creencias a la colectividad, pudiendo así gobernar la conducta social. Algunos ejemplos conocidos son el comunismo, fascismo, liberalismo, ecologismo, feminismo, anarquismo,  ciertas creencias religiosas y como no  olvidar la tan actual ideología de género.

La clasificación de las distintas corrientes ideológicas suele realizarse mediante una tipología con base en su finalidad, estableciéndose así cuatro grandes categorías:

- Ideologías reaccionarias: Estas parece ser que añoran y desean recuperar algún tipo de sistema social, económico o político pasado, o ciertas de sus características.
- Ideologías conservadoras: Defienden y racionalizan el orden económicosocial y político que existe en algún determinado momento de la historia, sin buscar grandes cambios.
- Ideologías revolucionarias: Apoyan y luchan por cambios cualitativos en el orden económico, político y social.
- Ideologías reformistas: Buscan la manera de favorecer el cambio. No es tan radical como la anterior.

Como quiera que se la ideología, en numerosas ocasiones se trata de instrumentos sociales nacidos en el Mundo para servir a los intereses de los gobiernos mundanos, los cuales normalmente difieren de los intereses de Dios. Más aún, fácilmente se convierten en sistemas, más o menos encubiertos, opuestos a los intereses del pueblo Santo de Dios.

La estrategia más común para inculcar ideas y conseguir una uniformidad de pensamiento consiste en atacar incesantemente la mente de los individuos (cuanto antes mejor), en ridiculizar y desacreditar lo opuesto, en legislar a favor del propio pensamiento y en discriminar, oprimir o ejecutar a los contrarios. En resumen, las ideologías mundanas únicamente pueden conseguir el orden y la obediencia por medio del miedo, el castigo y la eliminación de lo opuesto.  Así es como Satanás mantiene unido un reino donde no existe el amor, ni la amistad, ni el compañerismo, ni nada parecido. Pero sí existe el miedo, la tortura y el castigo a los desobedientes. Y así es como actúan los gobernantes y reyes que se han doblegado al poder de las tinieblas, los cuales «Están todos de acuerdo en entregar a la Bestia el poder y la potestad que ellos tienen. Ellos harán la guerra al Cordero» (Ap 17,13-14).

Por muy buena que parezca una ideología mundana, Dios nos dice: «no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12,2), y en otro lugar: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1Jn 2,15). Porque «no sois del mundo» (Jn 15,19), y por tanto toda corriente de pensamiento que no lleve a Jesucristo es inútil e ineficaz. «Nosotros somos ciudadanos del cielo» (Flp 3,20) y no podemos aceptar ningún camino que no nos lleve a casa, porque sería una lamentable fatalidad. Invito a rogar al Señor con las palabras del salmo 69: «Que no me arrastre el oleaje» (Sal 69,16).

2. Mediante el Espíritu Santo

Otra forma de crear y mantener unidad, y realmente la única verdaderamente eficaz, es mediante la acción del Espíritu Santo. Sólo aquellos cristianos que se dejan moldear por la Palabra de Dios, gracias a una búsqueda humilde y sincera de la Verdad, reciben la bendición de obtener los mismos criterios, sentimientos y forma de pensar de Jesús ante las realidades naturales y sobrenaturales. Únicamente Dios, a través de su Espíritu, puede realizar el milagro de la verdadera unidad. Dicho de otra manera, no hay comunión sin Espíritu Santo. Que hermoso es cuando podemos decir con San Pablo: «…nosotros, aunque somos muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo» (Rm 12,5).

No hay ideología, filosofía, creencia, idea, camino o cualquier otra proposición que tenga validez si no nos lleva Jesús y, en consecuencia, a formar un solo cuerpo en Cristo, para gloria de Dios.

La división es la manifestación, visible o no, de la existencia de diferentes formas de pensar y criterios incompatibles entre sí. Cuando esto sucede entre cristianos significa que alguna de las partes, o todas ellas, posee criterios diferentes a los de Dios. Porque si todos estuvieran gobernados por la misma forma de pensar no existiría tal división. Consciente de esta realidad, Pablo hacía este llamamiento a los hermanos de Corinto: «Os exhorto, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que seáis unánimes en el hablar, y no haya entre vosotros divisiones: a que estéis unidos en una misma forma de pensar y en idénticos criterios» (1Co 1,10).

Aunque dentro de la Iglesia existan multitud de estilos espirituales, morfologías, vocaciones, etc…, sea cual sea el llamado individual de Dios a cada uno de sus hijos para incorporarse en alguna de las realidades de su Iglesia, siempre debería reinar la unidad en lo fundamental. «Cuando dice uno «Yo soy de Pablo», y otro «Yo soy de Apolo», ¿no procedéis al modo humano?» (1Co 3,4) . Cuando actuamos creando divisiones y partidismos somos del mundo, pero cuando vivimos la unidad y la comunión somos de Cristo (cf. 1Co 3,23). ¡Qué maravilloso gozar de una verdadera comunión entre hermanos!. Pero, no nos dejemos engañar cuando alguien proponga llegar a ella mediante la aplicación de técnicas exclusivamente humanas, por muy buenas que parezcan, ya que únicamente se trataría de uniformidad inducida.
Hace tiempo, observando la actitud de diferentes sacerdotes, constaté que no existía comunión entre algunos de ellos, así como tampoco con algunos seglares. Es típico atribuir esta situación a muchas circunstancias que conducen a tópicos como: clásico, anticuado, carca, ortodoxo, conservador, tradicional, moderno, actual, progre, etc… ¡Todo un mundo de posibles etiquetas humanas!. Analizando aquella situación, recordé un sacerdote que murió hace unas dos décadas a la edad de 72 años, el cual tenía gran fama de conservador, motivo por el que no era aceptado por un sector importante del pueblo donde ejercía su ministerio. Pero curiosamente sus eucaristías atraían a muchas más personas que las de otros con estilos y lenguajes considerados más “modernos”. ¿Qué sucedía? Aquel cura de pueblo mantenía tal comunión con el Espíritu Santo que, aunque su educación era de otro tiempo, sabía reconocer La auténtica presencia del Espíritu en las múltiples realidades de la Iglesia, tuvieran estilos modernos o antiguos, al mismo tiempo que podía compartir una verdadera oración con ellos, así como discernir falsas apariencias, que trataba con dura inflexibilidad. Se trataba de un ejemplo de comunión con Dios y con otros hermanos en mismo Espíritu.  Porque la comunión no viene determinada por un estilo, una cultura, unas formas, una educación…, sino por la presencia viva y eficaz del mismo Espíritu Santo que obra en todos aquellos que se dejan moldear y nos une en Cristo Jesús, único Señor de Cielos y Tierra.

Los cristianos, es decir, los verdaderos cristianos no viven sujetos a diferencias humanas. Su nacionalidad no importa, ni su raza, ni su idioma, porque somos hijos de Dios (cf. Rm 8,16; Ga 3,26), y por tanto pertenecemos a un reino que no es de este mundo (Lc 22,13; Jn 18,36), cuyos criterios tampoco son de este mundo. Como dice San Pablo: «…nosotros, aunque somos muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo» (Rm 12,5). Benditas diferencias y bendita unidad con todas ellas. También nos dice el Señor, por medio de la carta a los Filipenses que tengamos «un mismo sentir, un mismo amor, un mismo ánimo y buscando todos lo mismo» (Fl 2,2-5), lo cual no es otra cosa que la voluntad de Dios.

Sabemos que hay quien está empeñado en causar divisiones, escándalos y, básicamente, en apartarnos de la santa doctrina (cf. Rm 16,17) usando toda suerte de ideologías, pensamientos y noticias manipuladas e interesadas. Primero quieren alejarnos de Jesús, y una vez desarmados de la protección espiritual su intención es destruirnos, no sin antes manipular nuestra mente hasta convertirnos en sus esclavas marionetas. Mas lo peor es entrar en esta maléfica transformación sin ser conscientes de ello y convertirse en fiel seguidor de falsas ideas pensando que se ha elegido un buen camino.


Jesús nos dice: «Mirad que no os engañe nadie» (Mt 24,4). Y entre muchas verdades, a través de San Pablo, el Señor nos dice: «Os digo esto para que nadie os seduzca con argumentos engañosos» (Col 2,4); «Velad y manteneos firmes en la fe; tened valor y sed fuertes » (1Co 16,13). Que esta sea nuestra consigna permanente para mantenernos firmes ante los enemigos, sin dejarnos intimidar en nada por los adversarios (cf. Flp 1,27-28) que no cesan en su intento de manipular nuestra mente.

lunes, 8 de mayo de 2017

EL OTRO PARÁCLITO



Cuando mencionamos la palabra Paráclito acostumbramos a pensar en el Espíritu Santo. Y, ciertamente, no vamos mal encaminados. La tradición cristiana nos ha enseñado que esta palabra, utilizada por el evangelista Juan, evoca a la Tercera Persona de la Trinidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice: «Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el "Paráclito", literalmente "aquel que es llamado junto a uno", advocatus» (CIC 692). Aquel que es “llamado al lado de” (gr. parakletos) alguien para realizar una misión. El intento de desglosar esta palabra con múltiples variantes para explicar la función del Espíritu Santo en la Economía de la Salvación, es lo que encontramos en las diversas traducciones bíblicas y comentarios relacionados. Quizás las palabras más familiares son, Defensor y Consolador. Ahora bien, personas como san Jerónimo y los mismos judíos no encontraron otro término que tradujera adecuadamente todos los valores de la palabra griega, la cual engloba significados como: Defensor, el que asiste, el que ayuda, el que da apoyo, Consolador, Auxiliador, Abogado, Consejero, Mediador, el que exhorta… (cf. Yves M. , J. Congar, EL ESPÍRITU SANTO, 1991 HERDER).

Dios ha querido enviarnos su Espíritu para que, no sólo esté junto a nosotros sino, para que también habite en nuestro interior. Y lo fundamental de todo esto es que Él está aquí para defendernos, para consolarnos, para ayudarnos, etc… Y todo esto lo realiza derramando sobre sus hijos dones y carismas, naturales y sobrenaturales, a través de los cuales nos defiende, nos consuela, nos ayuda, etc…  Cirilo de Jerusalén predicó: «Este es el buen santificador, auxiliador y maestro de la Iglesia, el Espíritu Santo, el Paráclito, del cual dijo el Salvador: “Él os enseñará todas las cosas y os lo recordará todo» (Cirilo de Jerusalén, Cat. XVI, 14)

Vamos a analizar a continuación cuatro pasajes bíblicos donde se habla explícitamente del Paráclito refiriéndose al Espíritu Santo:

Jn 14,16-18: «yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos»

Jesús anuncia el envío de otro Paráclito, esto es así porque él mismo es Paráclito del Padre. Es decir, Jesús primeramente fue enviado por el Padre (cf. Jn 3,16) a poner su morada entre nosotros (cf. Jn 1,14), más una vez completada su misión en el mundo, pasa el relevo al Espíritu Santo, quien no viene a inventar nada nuevo ni a instaurar una nueva economía de la salvación, sino que viene a consolidar la Palabra de Dios ya enviada mediante su santa y poderosa acción. Ciertamente, Jesús no nos deja huérfanos. El sigue con nosotros hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,20) por medio de su Espíritu. Ahora no podemos verle con los ojos de la carne pero sí con los del espíritu.

Él está aquí, créelo y llegarás a reconocer y sentir su presencia viva. Deséale, ámale, pídele que se haga presente, que obre aquel milagro que necesitas y como nos dice Jesús: «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13). El Señor desea llenarnos con su Espíritu, habitar en nosotros y entre nosotros, pero para que esto sea posible es necesario que nosotros también deseemos que venga, deseemos su presencia, su acción, su voluntad, etc... De hecho es necesario que se una la fe con el deseo y entonces se abrirá la puerta para que entre Dios. Quien desea algo de todo corazón lucha por ello con todas sus fuerzas y con todos los medios a su alcance. ¿Deseas al Espíritu Santo o quieres quedarte sin Él, como le pasa al mundo que ni le ve ni le conoce?

Jn 14,26: «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho»

No son unas las enseñanzas de Cristo y otras las del Espíritu Santo, sino las mismas. (cf. Cirilo de Jerusalén, Cat. XVI, 14). Dios Espíritu nos recuerda y enseña todo lo que ha querido revelar. No se trata de una comunicación de sabiduría intelectual, aunque el intelecto es necesario. Sabemos que los Apóstoles no habían recibido demasiada formación pero, con el Paráclito, podían proclamar con sabiduría y valentía la Palabra de Dios. Por tanto, el Espíritu viene a enseñar, a corregir e iluminar la mente como jamás ningún sabio humano podría imaginar. De la misma manera como cuando uno está ciego y vive en la oscuridad, si es sanado, de repente ve la luz y la vista del cuerpo es capaz de ver lo que antes no podía, así aquel que recibe la gracia del Espíritu Santo se le ilumina el alma y ve por encima de su capacidad humana (cf. Cirilo de Jerusalén, Cat. XVI, 16).

Por una parte, Jesús dice que su Espíritu nos lo enseñará todo, lo cual incluye aquellas cosas que ya conocemos de forma limitadamente intelectual pero que adquieren un nuevo significado revelando verdades que no éramos capaces de descubrir y otras que se dan a conocer superando cualquier capacidad humana; por otra parte el Espíritu Santo no se cansa de recordarnos, una y otra vez, lo que Jesús ya nos ha dicho para que la Palabra vaya calando cada vez más profundamente en nuestro corazón y vayamos descubriendo novedades que nos habían pasado desapercibidas en otras ocasiones, por falta de madurez, de interés, o por cualquier otro obstáculo consciente o inconsciente.

La Palabra de Dios nos dice: «En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños» (Mt 11,24). «¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es» (1Co 1,25-28)

Jn 15,26-27: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio.»

El Espíritu Santo no viene a contar teorías ni a explicar teología sino a traer la verdad de Dios, la cual se ha manifestado mediante hechos concretos testificados por el propio Espíritu. Él hará que las enseñanzas de Jesús maduren en sus discípulos de manera que no se trate sólo de un conocimiento intelectual sino que traerá claridad y conocimiento espiritual de los misterios de Dios y de los acontecimientos divinos en la historia de la humanidad a niveles imposibles únicamente por medios humanos. No se trata de transmisión de conocimientos.

El Espíritu Santo otorga una certeza segura de que su testimonio es Verdad. ¿En que se basa el testimonio del Espíritu de Dios? Da testimonio de la resurrección de Cristo, de su nacimiento, del cumplimiento de las promesas del Padre, de sus milagros pasados y actuales, etc… Esto lo realiza de forma directa, hablando al corazón del creyente, o a través de las predicaciones de los discípulos de Jesús, entre los que estamos incluidos si permanecemos en él y somos fieles a su Palabra. De hecho, las mejores predicaciones son aquellas que saben entrelazar la enseñanza y el testimonio de las maravillosas obras de Dios por medio de su Espíritu.

La Biblia nos dice que Jesús es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 16,6). Cristo es la Verdad, y el Espíritu es el Espíritu de la Verdad. Es decir, el Espíritu de Jesús, como también lo es del Padre. Aquel que propaga y   sella la Verdad en los corazones abiertos a su acción.

Jn 16,7-11: «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado.»

Examinaremos, a continuación, los diversos temas de los cuales el Espíritu trae convencimiento:

- Convencerá al mundo en lo referente al pecado…. porque no cree en mi.

La palabra griega utilizada para decir que convencerá al mundo es “elegxei”, la cual tiene un doble significado: condenar y convencer. No se trata de una condena definitiva. Se trata de tocar el corazón de una persona para mostrar su culpabilidad y la correspondiente condena. Pero al mismo tiempo muestra la solución y ofrece el convencimiento necesario para creer en ella. Dios no trae luz al problema del pecado para sumergir la humanidad en un sentimiento permanente de culpabilidad. Su deseo es llevarnos a la conversión y a la paz que sólo Él puede dar. Por tanto, el Señor muestra al mundo el problema y el destino del pecado, y a su vez enseña el camino para vencer.

Convencer aquí no significa que todos creerán porque serán convencidos mediante razonamientos, sino más bien se trata de poner en evidencia irrefutable la situación pecadora del mundo. Después cada uno es libre de dejarse, o no, convencer. Jesús nos dice: «Si no creéis que Yo Soy moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24). Y el Espíritu Santo, por medio de san Pablo señala: «si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10,9)

- Convencerá al mundo en lo referente a la justicia…. porque me voy al Padre.

Y ¿qué tiene que ver que Jesús vaya al Padre con la justicia? Pues todo. Jesús es el único hombre justo. El resto de la Humanidad recibe justificación porque Jesús murió y resucitó, pagando el precio por todos los pecados. Cuando Cristo subió al Padre no lo hizo como mero hecho de haber muerto. Jesús cumplió con la misión encomendada entregándose hasta el extremo de forma voluntaria y volviendo al Padre con nuestros nombres, para que, por la fe en Él, nos beneficiásemos de la justificación. Dejo a continuación unos textos bíblicos para reflexión:

«así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (Rm 5,19)

«¡Habéis sido bien comprados! No os hagáis esclavos de los hombres» (1Co 7,23)

«creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús Señor nuestro, quien fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación» (Rm 4,24-25)

«¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades 39.ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 8,33-39)

- Convencerá al mundo en lo referente al juicio… porque el Príncipe de este mundo está juzgado.

Convencerá, pondrá en evidencia, mostrará la condena, etc… Lo que está claro es que el Príncipe de este mundo está juzgado y ha sido derrotado definitivamente. En Jn 12 también podemos leer: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera» (Jn 12,31).

El Espíritu muestra al mundo que existe un juicio por el cual el Príncipe de este mundo ha sido juzgado y condenado. Jesús en la cruz destruye la autoridad y poder de Satanás, quien utiliza al mundo con sus placeres, deseos de poder, riqueza y fama para atraer y esclavizar al hombre, llevándole a la destrucción.

La cruz proporciona victoria al hombre, quien, en virtud de la misma y por el Espíritu Santo, obtiene el poder y la fuerza necesarios para vencer el pecado, romper sus hábitos y ataduras, y para evitar que Satanás dañe o destruya su cuerpo. Pero la victoria no se limita a temas de la vida perecedera porque «si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,11). El Diablo ya no tiene poder para mantenernos en el pecado y la condenación, pues el poder del Espíritu de Dios está por encima del poder del pecado, de la muerte y de cualquier condenación.

Jn 16,13-15: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros»

El Espíritu quiere guiarnos a la verdad completa. Desea elevarnos a la dimensión espiritual, de manera que todo lo material esté sometido a la Verdad espiritual de Dios. De todas las cosas que el evangelista Juan escribe, creo que es importante fijarnos en la intención divina de conducirnos hacia la verdad completa. Se trata de vivir en la dimensión del Espíritu y no de la carne; de ver y entender las cosas de forma espiritual. No se trata de un conocimiento limitadamente intelectual, como ya se ha mencionado antes.  Se trata de realidades y verdades espirituales inaccesibles para el mundo material, aunque sin saberlo esté influenciado por ellas, ya sea para mayor gloria de Dios o para todo lo contrario.

Lo cierto es que únicamente mediante la fe y por la gracia de Dios, el Espíritu Santo puede llevarnos al conocimiento de la Verdad y a ser transformados por ella. Debemos buscar las cosas del reino de Jesucristo (cf. Col 3,1) anhelando y deseando  de corazón que su Espíritu dirija nuestro existir con un continuo crecimiento en el conocimiento de su verdad, así como con su constante puesta en práctica viviendo las bendiciones, los dones y los carismas del Espíritu, sin obstaculizarlos. «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas» (Efesios 6, 12).


Por último, podemos unirnos a la oración de San Pablo: «que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios» (Ef 3,16-19) 

viernes, 9 de diciembre de 2016

DOS VALIENTES EN UN MUNDO HOSTIL



La Biblia está llena de valientes, por quienes se ha transmitido la fe y la verdad de Dios. Su lucha o resistencia ocurrió hace siglos pero la esencia del comportamiento humano sigue siendo el mismo. Ahora, igual que antes, la sociedad contiene multitud de creencias o supersticiones, de mensajes, de manipulaciones, etc. La inclinación natural del hombre hacia el pecado (no combatida con las armas que Dios pone a nuestro alcance) es la causa de la retro alimentación del EGO. Es decir, aquellas personas que no combaten su naturaleza pecadora van sumando cada vez más pecados, y cada vez más grabes. Y una de las cosas que crece exponencialmente, si no se mantiene a raya, es la soberbia.
                Como sabemos, el orgullo es lo opuesto a la humildad. Para decirlo de otro modo, la humildad nos ayuda a santificarnos y a parecernos más a Jesús; mientras que la soberbia nos aleja de Dios y nos asemeja más a Satanás. El humilde reconoce a Dios,  le ama,  le adora y sirve. En cambio el soberbio se autoproclama dios, demanda adoración y exige servidumbre.
                En la historia de la Salvación y en nuestros días existen valientes que se rebelan contra la propia tendencia interior hacia la soberbia y sus frutos, y que no siguen el camino de los impíos sometidos a la naturaleza del hombre caído. De este tipo de personas deseo destacar dos figuras bíblicas. La primera de ellas vivió en tiempos de Nabucodonosor, mientras que la otra en época de Herodes Antipas.
                Nabucodonosor hizo erigir una estatua de treinta metros de alto por tres de anchura en el llano de Dura. «Mandó a los sátrapas, prefectos, gobernadores, consejeros, tesoreros, juristas y jueces y a todas las autoridades provinciales, que se reunieran y asistieran a la dedicación de la estatua erigida» (Dn 3,2). Observamos cómo el tirano opresor, esclavo de su orgullo reúne a todas las autoridades civiles, religiosas, financieras, legales, etc… ¿Para qué? Para que recibieran un nuevo mandato ante la gran estatua: «En el momento en que oigáis el cuerno, el pífano, la cítara, la sambuca, el salterio, la zampoña y toda clase de música, os postraréis y adoraréis la estatua de oro que ha erigido el rey Nabucodonosor. Aquél que no se postre y la adore será inmediatamente arrojado en el horno de fuego ardiente» (Dn 3,4-6). Vamos a traducir el mensaje a un lenguaje actual: El líder mundial o nacional reúne a todas las autoridades mundiales o nacionales y les comunica que a partir de ahora cuando él dé la señal deben postrarse y someterse ante aquello que se les ordene. Si no lo hacen habrá represalias. En tiempos de Nabucodonosor se habla de una gran estatua. Ahora se habla de proyectos, ideologías, objetivos, políticas, intereses, economías, creencias, etc…
Básicamente, en la actualidad como en la antigüedad, existen instrumentos del diablo cuyo objetivo es someter a los pueblos para desviarlos de la Verdad, llevándolos por caminos de supuesta prosperidad y felicidad cimentados en mentiras disfrazadas de verdades con destino a la esclavitud, desesperación, fracaso, tristeza, y finalmente la muerte. La mente de la sociedad sufre ataques sin tregua ni piedad, sobre todo, a través de los medios de comunicación social, para someterla y alinearla a la voluntad de la organización nacional o mundial predominante y contraria a la Ley de Dios.
Es significativo que el inmenso ídolo fuera de oro porque es el metal que tiene mayor valor. Por tanto, Nabucodonosor realizó un gran esfuerzo económico para erigir su imponente ídolo. Seguramente quería deslumbrar a todo el mundo con un falso dios espectacular. El hecho de postrarse ante esa estatua constituía un importante acto de sumisión, sino absoluto, al rey y a sus idolatrías. En nuestros días también quieren que nos postremos ante grandes construcciones (materiales o inmateriales) que no son más que mentiras. Pero nos las presentan tan grandes, tan bellas y  tan persuasivas que muchas veces caemos en el engaño, o somos vencidos debido a nuestra falta de lucha y valentía.
En el relato del libro de Daniel, observamos cómo, llegado el momento, «todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua de oro que había erigido el rey Nabucodonosor» (Dn 3,7). Realmente se trataba de algo muy generalizado. También hoy en día es algo muy generalizado postrarse ante la estatua del orden social establecido. Todos se postran ante esta inmensa e idolátrica construcción humana. Unos por convencimiento, otros por intereses, otros por miedo y otros, sencillamente, son arrastrados por la corriente sin saber muy bien lo que está pasando.
¿Se postraron todos ante la estatua de Nabucodonosor?. La respuesta es No. Aquellos que conocen el relato saben que Daniel y sus dos compañeros se negaron a hacerlo. Debido a su negativa, fueron capturados y llevados ante la presencia de Nabucodonosor, quien les preguntó: «¿Es verdad que no servís a mis dioses ni adoráis la estatua de oro que yo he erigido?» (Dn 3,14). Sabemos que así fue y que nunca lo hicieron, a pesar de las amenazas.
Todo ha empezado por una estatua de oro, pero ahora se descubre todo el paquete. Postrarse ante aquella estatua significaba aceptar y servir a los mismos dioses, junto con sus doctrinas, a los cuales servía el rey. Continúa la semejanza con nuestra realidad actual. Postrarse ante una ideología significa servir a los dioses que la acompañan, ya sean materiales o inmateriales. Igualmente, esta postración supone aceptar sus correspondientes doctrinas: ateísmo, agnosticismo, sincretismo o relativismo religioso, anti cristianismo, consumismo, exaltación del YO, aborto libre, aceptación de uniones de personas del mismo sexo, cambio de sexo, esclavitud laboral, enriquecimiento ilícito, etc… En definitiva, multitud de cosas, mayoritariamente respaldadas por leyes humanas, contrarias a la voluntad de Dios.
Daniel y sus compañeros nunca se postrarían ante un falso dios y nunca desobedecerían la Ley de Dios aunque el precio fuera la tortura y la muerte. Ellos confiaban en que Dios los libraría del horno de fuego ardiente, al cual podían ser arrojados por no acatar el mandato real. Aunque también aceptaban la posibilidad del sacrificio, si esta era la voluntad del Señor (cf. Dn 3,17-18). Nabucodonosor, lleno de cólera, mandó encender un gran horno siete veces más fuerte de lo normal y ordenó a sus hombres más corpulentos atar fuertemente a estos valientes para asegurarse de que no pudieran auto liberarse (Dn 3, 19-20). De hecho, la irritación (y sus sinónimos) es habitual entre los enemigos de Dios cuando no pueden doblegar al valiente cristiano. Después le siguen la ira, las amenazas, las ridiculizaciones, las burlas, etc. Más si con esto no es suficiente, es probable algún tipo de coacción, pudiendo llegar a ser violenta.
Daniel y sus compañeros fueron lanzados a un horno tan incandescente que cuando lo abrieron mató a sus acompañantes opresores, en cambio Dios los salvó milagrosamente. «Iban ellos por entre las llamas alabando a Dios y bendiciendo al Señor» (Dn 3,24) con una preciosa y poderosa alabanza a Dios. ¡Que nadie quite a alabanza de nuestra boca!, sea cual sea la situación. Más aún si estamos en medio del fuego de la persecución a causa de nuestra fe y valentía.
Esta vez, los perseguidos fueron milagrosamente salvados por el poder de Dios, pero no siempre es así. Tenemos otra figura bíblica, la cual es Juan Bautista, que acabó de otra manera. Todos ellos coinciden en que no se doblegaron ante el poder corrupto e idólatra de su tiempo, ni se amedrentaron ante las amenazas de gobernantes y reyes. Daniel y Juan fueron firmes y radicales en su fidelidad a Dios.
Juan Bautista fue un hombre que se caracterizó por realizar un llamado público a la conversión y por la denuncia, también publica, de las inmoralidades e injusticias de su tiempo. Su celo por exponer la verdad y salvar almas para Dios tiene el fundamento bíblico en aquellas palabras del profeta Ezequiel que dicen: «Si le digo al malvado: ¡Vas a morir! y si tú no se lo adviertes, si no hablas de tal manera que ese malvado deje su mala conducta y así salve su vida, ese malvado morirá debido a su falta, pero a ti te pediré cuenta de su sangre» (Ez 3,18). Por tanto, Juan bautizaba en el desierto y predicaba la conversión para el perdón de los pecados. En él se encarnaban las palabras del profeta Isaías: «Envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Mc 1,2).
Juan se tomó muy en serio su ministerio, hasta el punto de denunciar públicamente las irregularidades, inmoralidades o pecados de cualquiera, incluidas las del tetrarca Herodes, sin miedo a represalias. Para los cristianos es sobradamente conocido el relato del arresto y muerte de Juan el Bautista como consecuencia de la corrección que hizo a Herodes por estar cometiendo adulterio con la mujer de su hermano Filipo (cf. Mt 14,1-12). Seguramente la actividad de Juan debió ser una continua llamada a la conversión para todos, sin excepción: ricos, pobres, esclavos, señores, sacerdotes, sencillos, sabios, pastores, reyes, etc…
Daniel y Juan sufrieron una dura persecución a causa de su radical fidelidad al llamado de Dios. En ningún momento se dejaron doblegar por el poder del gobierno mundano establecido, al cual le resultaba incómoda su presencia. La persecución sufrida por Daniel Y Juan se origina de dos formas diferenciadas:
1. Persecución al orante. Daniel fue perseguido y condenado a muerte por ser un hombre de oración que únicamente adoraba al verdadero Dios. Su determinación por no acatar leyes contrarias a Dios y a la libertad religiosa, originó denuncias, amenazas y condenas. A los gobernantes de su tiempo (y a los de ahora) incomodaban los indoblegables fieles de Dios. Estos, eran perseguidos, no por tener un ministerio público de predicación que pudiera causar tensiones, sino por su integridad y fidelidad incondicional al Señor en su vida privada y por desobedecer leyes opuestas a la voluntad de Dios.
2. Persecución al profeta. Se trata de la persecución sufrida por aquellos que transmiten al pueblo las palabras de Dios, ya sea en forma de mensaje literal o bien mediante la predicación inspirada por el Espíritu Santo. Ya no se trata únicamente de ser un fervoroso creyente en la iglesia o en la intimidad de la habitación. Se trata de personas que lanzan el mensaje de Dios a los cuatro vientos, como Juan Bautista. Esto resulta realmente incómodo a las potestades satánicas y, evidentemente, a sus servidores, los cuales cuando están aposentados en lugares de gobierno utilizan toda clase de manipulaciones perversas para eliminar cualquier oposición a sus, también, perversos planes.


                ¿Qué nos pide Dios hoy a los cristianos? El Señor quiere que seamos radicalmente fieles en la oración como Daniel. Que nuestra vida sea una continua oración a Dios allá donde estemos, sin ocultar nuestra condición de cristianos. Al mismo tiempo, Dios quiere que exterioricemos y pongamos en práctica los dones y carismas que nos ha regalado. El Mundo quiere que callemos y que no actuemos, pero Dios nos llama a ser valientes. Jesús nos dice en el Evangelio según Mateo: «Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna.» (Mt 10,27-28)

viernes, 22 de julio de 2016

EL FUNDAMENTO DE LA INTERCESIÓN




Pedir a Dios por las necesidades de otras personas, acto que conocemos como intercesión, debería estar presente en las actividades normales de cualquier agrupación cristiana. Sin embargo, es muy probable que muchos cristianos no hayan descubierto el valor y el poder de la intercesión, aun tratándose de una llave que Dios ha puesto en nuestras manos para abrir la puerta de la bendición, de la salvación, de la sanación, de la liberación, etc., que muchos están esperando. ¡Con la intercesión se desata el poder invencible de Dios!

Lastimosamente se han levantado muchas voces poniendo en duda la necesidad de la intercesión, tanto dentro como fuera de las iglesias, con argumentos como estos:

- ¿Para qué interceder si Dios va a hacer lo que quiera?

- ¿Para qué interceder si Dios ya conoce lo que necesitamos?

- ¿Para qué interceder si está todo predeterminado?

- ¿Para qué interceder si Dios no va a alterar el orden natural establecido?

Todos estos argumentos son artimañas del Enemigo para evitar que florezcan nuevos intercesores y para desanimar a los existentes. De hecho quienes apoyan estas premisas están desfigurando el rostro misericordioso de Dios que quiere obrar maravillas en sus hijos pródigos y en sus ovejas heridas y perdidas, por la mediación de los intercesores. Ahora bien, todos estos argumentos erróneos se desmoronan si entendemos bien el porqué de la necesidad de la intercesión.

¿Por qué quiere Dios que intercedamos?. Voy a ampliar la pregunta, ¿por qué quiere Dios que intercedamos si ya conoce todo lo que necesitamos y puede hacer lo que quiera sin necesidad de que se lo pidamos?. Es posible que muchos hayan pensado que el Señor Todopoderoso lo ha querido así para que no nos olvidemos de Él; que de esta manera se fomenta la relación con Dios a la vez que nos hace practicar el amor hacia los destinatarios de nuestras oraciones. Por tanto la intercesión sería, además de una forma de desatar el poder divino sobre tantas situaciones que lo necesitan, una buena herramienta para acercarnos a Dios y al prójimo. Todo esto es cierto y forma parte de los numerosos frutos y beneficios de la práctica de la intercesión pero no nos lleva al verdadero fundamento de su necesidad.

Si únicamente nos quedáramos con estas explicaciones podríamos, sin querer, dar la razón a los que opinan que Dios es un tirano, ya que permite el mal pudiéndolo evitar con su omnisciencia y su omnipotencia. Es decir que si sabe que alguien necesita algo y no se lo concede porque nadie le pide que actúe al respecto, permitiendo que esa persona sufra innecesariamente o se pierda, ¿Dónde está su amor y misericordia? La explicación de esta forma de actuar de Dios tiene su origen en las primeras páginas de la Biblia.

Vamos a empezar por el principio. El relato Elohista de la creación nos dice: «Ahora hagamos al hombre. Será semejante a nosotros, y tendrá poder sobre los peces, las aves, los animales domésticos y los salvajes, y sobre los que se arrastran por el suelo. Cuando Dios creó al hombre, lo creó semejante a Dios mismo. Hombre y mujer los creó, y les dio su bendición: Tened muchos, muchos hijos; llenad el mundo y gobernadlo; dominad sobre los peces, las aves y todos los animales que se arrastran» (Gn 1,26-28). De este texto vamos a extraer unas palabras clave:

- Semejante a nosotros. Dios (se trata de la Trinidad) hace al hombre semejante a Él. Esto significa que tendrá poder, santidad, inmortalidad, inmunidad total a la concupiscencia desordenada, dominio y gobierno de la creación, es decir, una lista de lo que se llama dones preternaturales y sobrenaturales, habituales y comunes en todos, antes de la caída en la desobediencia.

- Tendrá poder. Dios le otorga poder sobre todo lo creado.

- Llenad el mundo y gobernadlo. Al hombre se le concede la potestad de gobernar el mundo. Dios delega todos los derechos de gobierno a los que están hechos según su imagen y semejanza para que dominen la creación.

- Dominad. Un poco más de lo mismo para confirmar el mandato de Dios a favor del hombre.

En el relato Yavista de la creación encontramos los siguientes textos:

- «Dios el Señor formó al hombre de la tierra misma, sopló en su nariz y le dio vida» (Gn 2,7). Con el Ruah, el mismo Espíritu de Dios, el hombre adquiere su condición a imagen y semejanza del Creador.

- «El Señor puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara» (Gn 2,15). Es otra forma de decir que se le otorga el poder de gobernar y dominar la creación.

- «Dios el Señor formó de la tierra todos los animales y todas las aves, y se los llevó al hombre para que les pusiera nombre» (Gn 2,20a). Este fragmento es un buen ejemplo de la delegación que Dios hace a favor del hombre. Quien pone nombre es el dueño de algo. Dios crea pero no pone nombre, sino que lo entrega al dueño legítimo y legal, según su propia voluntad, para que lo haga.


Para complementar lo dicho aporto este fragmento del salmo 8, refiriéndose al hombre: «Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándolo de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto bajo sus pies» (Sal 8,6-7). Más citas podrían añadirse al respecto pero considero que ya nos hemos enterado.

Una vez examinados estos textos podemos llegar a la conclusión de que el Señor Todopoderoso, al crear el mundo, instauró una ley, mediante la cual se establece que solamente el ser humano, imagen y semejanza de Dios, tiene la potestad de gobernar la creación ejerciendo el poder y dominio que se le ha concedido. A partir de esto hay que tener en cuenta lo siguiente:

1. Dios ha dado potestad y libertad al hombre para gobernar la creación visible otorgándole derecho legal sobre ella.

2. Únicamente el ser humano puede hacer y deshacer en el territorio que le ha sido concedido. Ningún otro ser, ya sea físico o espiritual, puede intervenir sin autorización de aquel. En consecuencia, todo el ámbito concedido a los hombres es potestad y, por tanto, responsabilidad suya.

3. Al delegar, Dios respeta su propia ley y no realiza nada que pertenezca a la jurisdicción del hombre sin permiso del mismo. La intercesión es una de las maneras de dar permiso a Dios. Quizás la más explícita, junto con la oración de petición. Hay otras formas implícitas de permitir que el Reino de Dios se manifieste con poder, como puede ser la alabanza, la adoración, los sacramentos y mediante la participación del poder de Jesucristo por parte sus discípulos, algunos con carismas específicos sobrenaturales. No olvidemos que es Jesucristo quien tiene todo el poder sobre cielos y tierra, sobre lo visible y lo espiritual. No hay fuerza cósmica, ni humana, ni espiritual que esté por encima de Él. Todo está sometido bajo sus pies.

4. Dios se mantiene firme a su Palabra y a sus leyes: «No es Dios un hombre para mentir, ni hijo de hombre para volverse atrás» (Nm 23,19). No nos engañemos a nosotros mismos, Dios tiene una forma de hacer las cosas y debemos hacer lo posible para conocerla y someternos a su voluntad. Intentar hacer las cosas de otra manera nos llevará al fracaso.

5. Con la intercesión, el hombre da permiso a Dios, mediante acción de súplica u oración, para que active su infinito poder e intervenga en las vidas de personas, en familias, ciudades, naciones, etc… La intervención puede realizarse a nivel físico, psíquico o espiritual. Es decir, mediante la intercesión se puede llegar más allá de la jurisdicción concedida, pero siempre en referencia a temas que puedan repercutir en ella o a personas que le pertenezcan.

6. Todo ser, físico o espiritual, puede sugerir al hombre cualquier cosa para que este proceda de la forma que considere adecuada y se pueda materializar, o no, la proposición. Cuando se trata de Dios, quien sugiere que se ore por algo, la manera correcta de responder es intercediendo según su voluntad. Aunque las sugerencias pueden ser de muchos tipos. Nos pueden llamar a la conversión personal, a abandonarnos a Dios, etc… De forma parecida, el Diablo puede intentar que cedamos a sus pretensiones, ya que también necesita nuestro permiso.

7. Dios se hizo hombre para no transgredir su propia Ley cuando irrumpió en el curso de la historia trayéndonos salvación y derrotando todas las potestades y fortalezas del Enemigo. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se ha convertido en el Intercesor por excelencia sentado a la diestra de Dios (cf. Rm 8, 31-34).


La intercesión fue necesaria después de la caída del hombre, ya que en el Paraíso el gobierno ejercido estaba totalmente alineado a la voluntad de Dios, por tanto no existía desorden ni daños que reparar. Según Santo Tomás de Aquino, "como el primer hombre fue instituido en estado perfecto en cuanto al cuerpo, así también fue instituido en estado perfecto en cuanto al alma, de modo a poder luego instruir y gobernar a los otros seres" (Suma Teológica, q. 96, 1). Pero como ya sabemos, llegó el Diablo en forma de serpiente y propuso un acto a Eva y esta a Adán. Ambos cedieron transgrediendo la ley de Dios, con lo que permitieron a Satán apoderarse de lo que Dios había puesto en sus manos. El hombre perdió la comunión con Dios, así como los dones preternaturales y sobrenaturales. La desobediencia le convirtió en marioneta del Diablo. Incluso la misma creación sufrió las consecuencias esta entrada de rebeldía y desorden. A este fatal acontecimiento podríamos llamarlo el gran cataclismo físico y espiritual. El hombre se vio despojado de prácticamente todos sus privilegios pero Dios no cambió su ley inmutable y eterna. De manera que, aún en estas pésimas condiciones, Dios (y cualquier otro), continúa necesitando el permiso del hombre para desatar su poder. El problema surgido con la caída es que la humanidad ha quedado, no sólo desprotegida, sino herida por la soberbia y sus derivados, así como por un desordenado apetito por los placeres terrenales. Esta realidad ha provocado que el hombre haya otorgado multitud de permisos al Diablo, cosa imposible antes de la primera desobediencia, para dominar en el mundo.

Hasta la venida de Jesucristo, únicamente ciertas personas elegidas por Dios podían dirigirse a él para mediar e interceder. Después de la venida de Jesús, todo bautizado puede ser un intercesor efectivo. Más aún, unidos a Cristo, los discípulos pueden participar de su poder para mantener a raya toda inclinación desordenada (que de otra manera sería imposible), participando de la victoria del único Salvador, Jesucristo.

Me gustaría finalizar con algunos puntos importantes sobre la intercesión, sin intención de alargarme demasiado, pues todo lo que aquí se está diciendo se podría desglosar y desarrollar más extensamente. Algunas cosas que considero importantes son las siguientes:

- Muchos planes y propósitos de Dios nunca se cumplirán porque nadie intercedió por ellos. Más aún, muchas personas no se sanarán, no se liberarán, no se salvarán, porque nadie intercedió por ellos. Recordemos aquella cita de Ezequiel que dice: «El pueblo de la tierra oprimía y robaba; al afligido y necesitado hacía violencia y al extranjero oprimía contra derecho. Busqué entre ellos un hombre que levantara una muralla y que se pusiera en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyera; pero no lo hallé» (Ez 22,29-30).

- Dios no hará lo que nos corresponde a nosotros. Es cierto que tenemos a Jesucristo intercediendo continuamente en la presencia del Padre, pero no hará nuestro trabajo, sino que a nosotros, injertados en Él, nos corresponde hacer nuestra parte.

- La intercesión puede modificar los planes de Dios. El anterior texto de Ezequiel es un ejemplo de esto pero también podemos leer el siguiente del profeta Amós: « Esto me mostró el Señor: Cuando apenas comenzaba a brotar la siembra tardía, la que se hace después de la cosecha del rey, vi al Señor creando langostas. Y cuando las langostas ya estaban comiéndose hasta la última hierba, dije: ¡Señor, perdónanos! ¿Cómo va a resistir tu pueblo Jacob, si es tan pequeño?. Entonces el Señor desistió de su propósito y dijo: ¡Eso no sucederá!» (Am 7,1-3)

-Para tener éxito en la intercesión hay que orar adecuadamente. Cuando hablo de darle permiso no estoy poniendo al hombre por encima del Señor. Él lo ha querido así como respeto a la libertad que nos ha concedido según la ley establecida. Cuando invoquemos a Dios debemos hacerlo con respeto, humildad, sumisión, santidad, adoración… «La comunidad estaba de rodillas, en actitud de adoración, mientras el coro cantaba y los sacerdotes tocaban las trompetas» (2Cr 29,28). No olvidemos nunca quien es Él y quienes somos nosotros.

- Para tener éxito en la intercesión hay que orar según la voluntad de Dios. Para ello es importante saberle escuchar. Si se pide algo que no entra en sus planes no se realizará, aunque pudiera parecer la mejor solución. Y mucho menos si se intenta manipular el poder de Dios. Pedir bien es importante. Aquí también entraría el problema de las intercesiones realizadas de forma rutinaria, formalista, egoísta, orgullosa, con escasa fe, sin convicción, sin comunión con Dios, etc… Respecto a la oración mal hecha la Palabra de Dios nos dice: «Pedís y no recibís porque pedís mal» (St 4,3).