domingo, 2 de noviembre de 2014

EL PROTAGONISMO DEL CRISTIANO

EGO

En el capítulo 8 de los Hechos de los Apóstoles aparece la figura de Simón el mago, quien tenía atónito al pueblo de Samaria y decía que él mismo era algo grande. Todos le prestaban atención y decían: “Éste es la potencia de Dios llamada Grande” (He 8,10).

Observamos que Simón había conseguido ser lo siguiente:

- El centro de atención
- El importante

- El dominador
- El líder

A Simón le gustaba estar en esa posición de importancia y protagonismo, seguramente llena de beneficios y privilegios. De manera que para no perder ese lugar utilizaba todos los medios a su alcance, incluida la magia. Pero como Simón no conocía a Dios, sus medios eran equivocados. Así sucede hoy en día, cuando muchas personas buscan fama, poder y protagonismo para satisfacer su EGO, con medios inadecuados, entre los que puede figurar la utilización de recursos procedentes del ocultismo, magia y cosas totalmente contrarias a Dios.

La naturaleza del hombre de hoy no ha cambiado respecto a la de hace 2000 años. El hombre pecador es aquel que se revela contra Dios y quiere ocupar su lugar. No para actuar como lo hace Dios, con amor, misericordia, bondad, humildad, etc… sino para ser un cruel dominador. Dice Jesús: “Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar Bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve” (Lc 22,25).

Lo cierto es que en el mundo, encontrar alguien que acceda a un puesto de poder para servir a los demás y no para poder mandar, dominar y ser servido, es algo totalmente inusual. Por todas partes, hay personas que quieren ser más, y algunos a costa de lo que sea.

Podemos creer que esto es algo que afecta solamente a los que no conocen a Dios, pero nada más lejos de la realidad. También los cristianos estamos involucrados en múltiples estrategias para poder escalar posiciones dentro de las iglesias y grupos cristianos. De hecho, todos llevamos en nuestro ser una inclinación hacia el protagonismo y el afán de poder, no para servir, sino para ser servidos. Es algo contra lo que un cristiano debe luchar continuamente para no desviarse de la voluntad de Dios, quien siendo Todo se hizo el más pequeño, y quien siendo digno de ser servido, no quiso obligarnos a ello, pudiéndolo hacer, sino que quiso servirnos Él a nosotros.

Recuerdo una persona que tenía un hermano con un gran ministerio de predicación y milagros. Se trata de alguien famoso en el mundo. Este hermano tenía una gran intimidad con Dios y algunos allegados a él lo sabían. Por este motivo le propusieron que hablara con su consanguíneo predicador para que le permitiese predicar en uno de sus eventos y así pudiera promocionar y ser conocido. Pero él contestó que no utilizaría tácticas humanas para promocionar puesto que era Dios el único que debía promocionarle de la manera que considerase adecuada. ¿Cuántos no hubieran aprovechado esa oportunidad para darse a conocer? Y quien sabe, a lo mejor “me hago famoso”, y “soy importante”, “el líder”, “el protagonista”, etc… Este personaje, finalmente durante un culto de adoración tubo una manifestación de Dios tan grande que afectó a todos los allí presentes, de manera que sin hacerse propaganda, el Señor lo promocionó, no para ser servido, sino para servir a Dios y a los hermanos.

Volviendo a Simón, observamos que él, juntamente con numerosos hombres y mujeres, creyó en el Reino de Dios y en el nombre de Jesucristo, llegando a bautizarse. Ahora el asombrado, el atónito era Simón “al ver las señales y grandes milagros que se realizaban” (He 8,13). Había pasado de estar en primer lugar de atención a ser un seguidor de Felipe. Pero las manifestaciones de Dios fueron mucho más allá. “Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Éstos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo” (He 8,14-15). Aquí es cuando Simón presenció y experimentó lo más grande que le podría haber sucedido en toda su vida.

Hoy en día se realizan muchas oraciones para el derramamiento del Espíritu Santo en las personas, pero, lastimosamente, alguna cosa no está funcionando bien, porque, demasiadas veces, las personas no tienen una experiencia inolvidable ni son transformadas, o no acogen adecuadamente al Espíritu Santo, de manera que su poder transformador encuentra obstáculos que lo limitan. Pero no fue así en Samaria. Tan gran experiencia tubo Simón que deseaba tener ese poder para administrarlo. Hasta aquí no tiene por qué existir nada malo. Una persona puede experimentar el poder de Dios y desear eso tan bueno para los demás, ofreciéndose a Dios para ser utilizado según su voluntad. Pero la intención del corazón de Simón no era ser un instrumento de Dios, sino todo lo contrario, que Dios y su poder fueran un instrumento de Simón para utilizarlo según su antojo y volver a recuperar su puesto importante en la ciudad.

Lo cierto es que Simón no había entendido nada. Quién sabe si se convirtió de corazón y en un momento de debilidad cedió al pecado que llevaba tan arraigado, o todo fue una estrategia para conocer el origen del nuevo poder que había conocido y así poderlo obtener a cualquier precio. Y claro, como en este mundo todo se compra con dinero, pensó que a Dios también podría comprarlo. Grande fue su error, y lógicamente, no entendió nada.

De esta Palabra ha surgido lo que conocemos como simonía (venta de bienes espirituales). Lo cual está bien tratado en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Pero nosotros debemos luchar continuamente contra el afán de protagonismo y poder y dejar a Dios que haga su obra en cada uno, y si Él lo quiere, seremos promocionados para llevar su Palabra, su Poder y su Gloria hasta los confines de la Tierra. Siempre como servidores y no como señores.

Recordemos algunas citas como estas: “Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad a los demonios. Gratis habéis recibido este poder, dadlo gratis” (Mt 10,8)

“No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No busquéis vuestros intereses, sino buscad el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos” (Flp 2,11..)

Que Dios te bendiga.

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