jueves, 17 de abril de 2014

EL TRIUNFO DEL AMOR



 
 
Jesús nos dice que «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13). De hecho, es algo heroico dar la vida por alguien, aunque no todos estarían dispuestos a entregarla para salvar a otra persona, incluso tratándose del mejor amigo. La reacción mayoritaria sería la de “sálvese quien pueda”. Pero Jesús nos habla de un amor de verdad, sin egoísmo, sin buscar nada a cambio. Se trata de hacerlo todo por amor al prójimo, buscando su bien aunque esto tenga un coste para nosotros.

«Dios es amor» (1Jn 4,8) y todo lo que hace es consecuencia de su propia esencia. El amor de Dios es tan inmenso que no se limita a amar a sus amigos sino que «Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5,8), es decir, «cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rm 5,9). Jesús nos decía que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos (cf. Jn 15,13). Pero Él ha sobrepasado la medida del amor llegando a dar la vida también por sus enemigos. Su amor es tan desmesurado, tan grande…, es decir, infinito, que no excluye a nadie, ni a sus enemigos, porque quiere que todos los hombres «se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). Jesús vino al mundo con la misión de rescatar a toda la humanidad del poder del pecado y del dominio del diablo. Por tanto, tenemos por un lado el amor de Dios y por otro el pecado. Esta oposición nos permite definir el pecado como la ausencia de amor. El uno y el otro son totalmente opuestos e incompatibles. El Amor vino a derrotar al pecado y lo hizo entregándose desinteresadamente por el bien de todos nosotros, incluso de aquellos que le rechazan.

¿Qué ha movido a Dios para venir a rescatarnos? El AMOR. Su motivación no está fundamentada en ningún tipo de interés, pues, ¿qué podríamos darle nosotros que no posea? Si lo analizáramos desde el punto de vista egoísta no encontraríamos explicación humana posible al gesto de Dios. Vamos a examinar esto: Él tiene todo el poder, la gloria, la santidad, la plenitud de amor, rodeado de sus ángeles y seres celestiales, etc… Vamos, que lo tiene todo para gozar eternamente y vivir sin problemas ni preocupaciones. Por tanto, ¿por qué molestarse en salvar la raza humana, merecedora de ser condenada y aniquilada debido a su pecado, si no da más que problemas? Además, ha cometido la peor de las ofensas: revelarse contra Dios.

Con la maldad del pecado, los hombres rechazamos el amor de Dios, y esto tiene consecuencias que sobrepasan nuestra capacidad de reparación. Cuando, con nuestro pecado, ofendemos a Dios le estamos causando un dolor proporcional al amor con que nos ama. ¿Te ha dolido que alguien a quien amabas o en quien confiabas te haya traicionado? Ese dolor no es nada comparado con lo que supone traicionar al amor infinito de Dios.

Vamos, que lo más sensato, desde el punto de vista humano, hubiera sido hacer “borrón y cuenta nueva” con el problema de la humanidad rebelada. ¿O no acostumbramos a eliminar lo que nos estorba para estar tranquilos? Pero Dios no pensó a lo humano, sino que su infinito y eterno amor, lejos de eliminar el problema y quedarse tranquilo, empezó una misión de rescate en la que involucró a su propio Hijo. Porque únicamente un amor infinito podía reparar un dolor infinito.

Cuando amamos a alguien de verdad y de forma inesperada nos traiciona, causa en nosotros un gran dolor en el corazón. Este dolor es proporcional al amor con que se ama. Porque, si nos pasa lo mismo con alguien lejano, a quien no amamos demasiado, prácticamente no nos afecta. Imaginemos, entonces, como podría ser el dolor producido a un amor infinito cuando se le traiciona. Realmente somos incapaces de alcanzar la verdadera repercusión que nuestro pecado tiene sobre el amor de Dios. Podemos imaginar, intuir, y hasta conocer hasta ciertos niveles, según el conocimiento que Dios nos conceda tener, pero incluso así nos quedaríamos infinitamente cortos.

¿Cómo se curan las heridas de amor? ¿Cómo se restaura este dolor? Solamente con amor. Tenemos la prueba en nosotros, que somos imagen de Dios. Cuando nos hacen daño a causa de una herida de amor, únicamente se puede sanar y restaurar con una gran dosis de amor. Por lo tanto, ¿Quién podía restaurar el dolor causado al amor de Dios? ¿Quién tenía suficiente amor para ello? Dios amaba y continua amando a la humanidad, pero debido a la desobediencia de los hombres, estos pasaron a pertenecer a otro dueño, es decir, a aquel a quien obedecieron, que es el diablo. El amor de Dios es infinito pero esto no impide que su justicia sea inalterable. Por tanto, el hombre estaba condenado si no se hacía alguna cosa. Pero, ¿Qué hombre podía tener suficiente medida de amor para compensar tal desagravio y sanar el corazón herido de Dios? Nadie podía hacer tal cosa. El daño sobrepasaba infinitamente la capacidad de restauración de cualquier humano. Pero el Señor encontró la solución y «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). El Hijo se hizo hombre, y así apareció la persona con suficiente medida de amor necesaria. Dios Hijo participa del mismo amor infinito que el Padre. Jesucristo aportó la medida de amor necesaria para poder reconciliar al hombre con Dios. Su amor lo abarca todo. Por una parte sana y restaura el corazón destruido y herido de la humanidad a causa del mal producido por el pecado, y por otra repara el daño causado en el corazón de Dios.

Jesús era la única solución. Pero falta algo más. Era necesario un acto de amor que desatara su poder restaurador. Todo amor tiene un poder potencial que no se conocerá hasta que no se realice el acto de amor. Aún así, aunque exista un amor muy grande, si la acción es pequeña solamente actuará el poder proporcional al hecho realizado. Jesús hizo muchas cosas fruto de su amor: sanar enfermos, liberar endemoniados, perdonar pecados… Pero estas solo eran porciones del poder de un amor infinito y no solucionaban el problema de enemistad con Dios de una manera definitiva. Hacía falta el acto más grande de amor que un hombre podía realizar para conseguir que la totalidad de su amor diera fruto. ¿Qué es lo máximo que puede hacer una persona por amor? Seguro que ya lo estás pensando….  Pues, eso: Dar la vida por sus amigos. Y Jesús ¿qué hizo? Dio la vida por sus amigos y por sus enemigos. Dios hecho hombre, pagó con su sangre el precio de nuestro rescate mediante el acto de amor más grande que un hombre puede realizar, pero aplicando, no un amor humano, sino el infinito amor de Dios. Por eso el poder restaurador fue suficiente para hacer posible aquello que ningún otro hombre podía conseguir. Gracias a Jesús se repara la ofensa y sus consecuencias. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10).

Ante el poder del pecado, con toda su maldad y destrucción, el amor de Dios ha triunfado y seguirá triunfando. Hemos sido «rescatados de la conducta necia heredada de nuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1Pe 4,18-19). Se trata del triunfo del amor, pues es más fuerte que el odio y cualquier mal. Con amor todo se puede, desde conseguir un milagro hasta soportar los sufrimientos con paz. Ahora bien, también quien ama de verdad se hace vulnerable para beneficiar a otros. Y siendo vulnerables podemos recibir golpes, como le pasó a Dios hecho hombre. Siendo Dios se hizo vulnerable como uno de nosotros, recibió golpes, insultos y maltratos. Pero lo importante era conseguir el objetivo y al final el amor obtuvo la victoria. ¿Quieres amar? ¿Aceptas hacerte vulnerable por amor? ¿Quieres vencer? ¡Quien ama sufre! ¡Quien ama vence! ¡Quien ama vive!.

Para acabar quisiera recordar estas palabras de Jesús: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12). De esta manera contribuiremos a que el Amor siga triunfando.

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