martes, 30 de abril de 2013

Los tres niveles de conocimiento del amor de Dios



«Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cual es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios» (Ef 3,17-19)

¿Quién no desea conocer este inmenso amor de Dios? 
La preciosa oración de San Pablo, a favor de los efesios, tiene grandes pretensiones. Nada más y nada menos que conocer el amor de Dios en su plenitud. De hecho, Pablo, parece contradecirse ya que desea que lleguen a conocer el amor infinito de Cristo, aunque a continuación, como si se hubiera dado cuenta de haber dicho algo imposible para nosotros en esta vida, añade estas palabras: “que excede a todo conocimiento”.  Por tanto, ¿cómo se puede conocer algo que sobrepasa nuestra capacidad de conocimiento? También, el Apóstol, nos da la solución. Se trata de ir llenándonos progresivamente hasta llegar a la “total Plenitud de Dios”. No vamos a analizar ahora cuando llegará esta total plenitud, aunque muchos ya se lo pueden imaginar. Lo importante es darnos cuenta de que existe un amor infinito y eterno que nos interpela, o mejor dicho, que llama a la puerta de nuestro corazón. El amor de Dios tiene muchas formas de tocarnos, constituyendo cada una de ellas un nivel de conocimiento diferente con sus respectivas consecuencias. Es decir, Dios puede permitirme tener una experiencia de su amor con una intensidad determinada. Esto me permite poseer un cierto conocimiento que a su vez, cuando experimentamos la ausencia de esa experiencia de amor,  se genera un anhelo de lo vivido llegando a causar un dulce sufrimiento de amor. Porque, quien ha sentido el amor de Dios ya no vuelve a ser el mismo, aunque no quiera admitirlo.

Para profundizar en este misterio me ayudaré de unos textos de San Juan de la Cruz, quien dice: «Cuanto más el alma conoce a Dios, tanto más le crece el apetito y pena por verle. Y, como ve que no hay cosa que pueda curar su dolencia sino la presencia y vista de su Amado, desconfiada de cualquier otro remedio, pídele en esta canción la entregue posesión de su presencia» (C.E. 6,2). El conocimiento del amor de Dios crea santa y sana dependencia, y nada o nadie más que Dios puede satisfacer la sed éste infinito amor.

Más adelante San Juan de la Cruz habla de tres niveles distintos de conocimiento llegados por tres vías diferentes, los cuales conllevan también tres niveles de sufrimiento, anhelo o añoranza. Literalmente encontramos estas palabras: «En este negocio de amor hay tres manera de penar por el Amado acerca de tres noticias que de él se pueden tener» (C.E. 7,2):

1. «La primera se llama herida, la cual es más remisa y más brevemente pasa, bien así como herida, porque de la noticia que el alma recibe de las criaturas le nace, que son las más bajas obras de Dios» (C.E. 7,2). Ya estamos en el primer nivel de conocimiento del amor de Dios. A este grado se llega mediante lo que el santo llama las “más bajas obras de Dios”, es decir, la creación material con su belleza y esplendor. Ciertamente, contemplando la naturaleza y sus criaturas, podemos cuestionarnos muchas cosas, llegando incluso a tener una cierta experiencia del amor de Dios (Cf. Rm 1,20). Ésta, causa una herida, entendiendo por ello una cierta necesidad de lo experimentado, de manera que cuando ya ha pasado el precioso momento se crea un pequeño malestar en la persona debido a la huida fugaz de aquel instante tan bonito, queriendo volver a repetirlo. Pasada esta vivencia la persona puede progresar hacia el conocimiento del amor de Dios o puede olvidarlo todo volviendo a su rutina mundana. Esta herida de amor es muy sutil y como dice el santo: “brevemente pasa”. Con demasiada facilidad muchas personas olvidan rápidamente estas experiencias y no dan pasos hacia Dios aún habiéndolas tocado suavemente con su amor.

2. «La segunda se llama llaga, la cual hace más asiento en el alma que la herida, y por eso dura más, porque es como herida ya vuelta llaga [...] Y esta llaga se hace en el alma mediante la noticia de las obras de la Encarnación del Verbo y misterios de la fe; las cuales, por ser mayores obras de Dios y que mayor amor en sí encierran que las de las criaturas, hacen en el alma mayor efecto de amor» C.E. 7,3). Hemos pasado al segundo nivel del conocimiento del amor de Dios. Éste nos llega a través del anuncio y predicación de las grandes obras de Dios. Cuando alguien conoce “las obras de la Encarnación del Verbo y misterios de la fe” es debido a una predicación, catequesis, o algún otro tipo de formación cristiana. Es muy importante que exista unción  en la persona que da el anuncio para que el Espíritu Santo toque los corazones y haga nacer la fe necesaria (Cf. Rm 10,17) que posibilite acceder a este nivel de conocimiento. Si este anuncio es aceptado y cala en el corazón, el amor de Dios realiza un toque más intenso. San Juan lo llama “llaga” porque produce mayor dependencia y más sufrimiento cuando se experimenta su ausencia. Aún así, la llaga puede cicatrizar pudiéndose convertir en un callo. Puede ser que hayamos conocido personas que llegaron a este nivel del amor de Dios y durante un tiempo hayan sido buenos cristianos, pero por algún motivo dejaron enfriar su fe y el sufrimiento causado por la ausencia del amor de Dios, anhelado por su corazón, haya sido substituido por otras cosas que hicieron convertir la llaga en duricia. Tristemente, y con demasiada frecuencia, ocurren estas cosas aún habiendo llegado a este nivel. Desearía que mi amado lector no fuera uno de ellos, aunque si así lo fuera, quizás estas palabras sean un nuevo llamado del amor de Dios que te está esperando.

3. «La tercera manera de penar en el amor es como morir, lo cual es ya como tener la llaga afistolada, hecha el alma ya toda afistolada, la cual vive muriendo, hasta que matándola el amor, la haga vivir vida de amor, transformándola en amor. Y este morir de amor se causa en el alma mediante un toque de noticia suma de la Divinidad, que es el “no sé que”» (C.E. 3,4).  Hemos llegado al tercer nivel. Dios se da a conocer de una manera muy superior a las anteriores. Se trata de algo que sobrepasa la capacidad humana por eso san Juan lo llama un “no sé que”. Un poco más adelante, en su texto, Juan añade: «en aquel sentir siente tan alto de Dios, que entiende claro se queda todo por entender» (C.E. 3,9). Acabamos de llegar al mismo lugar donde se encontraba san Pablo. En este nivel de conocimiento de Dios el alma ya no está ligeramente herida, ni llagada, sino que muere de amor por Dios. La experiencia llega a ser tan sublime que no hay vuelta atrás. Sólo hay una salida: la muerte. Voy a explicarme: Si por algún motivo la persona se queda sin volver a encontrar el amor que la ha transformado se siente morir debido a su necesidad, pues aquello era el único motivo por el cual vivir. Si alguien voluntariamente rechazara a Dios habiendo llegado a este nivel, su vida se convertiría en muerte irremediablemente. Quien ha experimentado el amor de Dios está muerto sin él, y lo más triste es que sabe la causa del sufrimiento que siente. La última forma de muerte es positiva ya que se refiere a una transformación del ser. El Amor da muerte al hombre pecador y egoísta transformándolo en “vida de amor”, o simplemente en amor. Se trata, entonces, de “irnos llenando del amor de Cristo hasta ser transformados y llenos de la total Plenitud de Dios” (Cf. Ef 3,19). O como decía san Pablo: «no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mi» (Ga 3,20). También podríamos decir: no vivo yo, sino que es Dios, el Espíritu, el Amor quien vive en mi.


Bien, No se si he llegado a explicarme correctamente para que mi amado lector comprenda el mensaje. Me gustaría que nos fijáramos en el tercer nivel. Supongo que lo deseamos todos, y si alguien lo ha alcanzado, querrá más, porque llegados a este punto el alma se siente morir sin el Amor. Ya sabemos que toda alma muere sin Dios o sin su amor, pero otra cosa es que se de cuenta de ello. Aquí, en este nivel, hay plena consciencia de ello.

Analicemos un poco el recorrido y a donde quiero llegar. En el primer paso tenemos un ligero conocimiento del amor de Dios, luego, en el segundo, encontramos algo más intenso. Estos dos niveles nos llegan a través de mediaciones creadas por Dios, ya sean toda clase de seres o cosas creadas, con su belleza y esplendor,  como por medio de otras personas o incluso ángeles. De esta manera se puede alcanzar un buen nivel de conocimiento del amor de Dios, y de hecho muchos cristianos no van más allá en toda su vida. Ahora bien, el último nivel solo podemos obtenerlo por acción directa de Dios, sin intermediarios. ¿Cómo? Con ADORACIÓN.

Pidamos a Dios que nos enseñe a adorarle como a él le agrada, que nos muestre el camino para poder «comprender con todos los santos cual es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad» de su Amor.

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