domingo, 21 de julio de 2013

DESCUBRIENDO LA FALSEDAD DE PALABRAS SUAVES Y AGRADABLES


«Con sus palabras suaves y agradables engañan el corazón de la gente sencilla» (Rm 16,18)

Esta frase bíblica está extraída de entre las últimas conclusiones y recomendaciones del apóstol Pablo a los romanos. Después de haber enseñado en la Carta a los Romanos cosas maravillosas de la Verdad de Dios acaba con un aviso: «os ruego que os fijéis en los que causan divisiones y ponen tropiezos, lo cual es contrario a la enseñanza que habéis recibido. Apartaos de ellos» (Rm 16,17). Estos mismos son los que, muchas veces, tienen bonitas palabras para convencer a los demás. Es fácil encontrar personas con gran capacidad de convencimiento. Siempre tienen argumentos para todo, saben decir las cosas con aparente amor y con gestos adecuados, saben ensalzar al otro y hacerle sentir humanamente bien, pero su palabrería es espiritualmente vacía y sus gestos llenos de falsedad, o al menos con una proporción de hipocresía peligrosa. Son personas que saben interpretar tan bien su papel que puede ser difícil descubrirlas, e incluso una vez descubiertas es posible que muchos de sus seguidores no entiendan porque se acusa a su líder, el cual inevitablemente siempre tratará de justificarse, defenderse y de hacerse la víctima. Parece inevitable que en toda iglesia cristiana convivan los predicadores de la verdadera Palabra de Dios junto con los difusores de bonitas y arregladas palabras que, aún pudiendo tener su origen en la Biblia, han sido manipuladas de algún modo. Esta manipulación de la Palabra, o cualquier tipo de palabrería vacía, puede deberse a diferentes causas:

1. Afán de protagonismo. Es típico encontrarse personas que desean ser protagonistas de todo. Aunque es algo innato el hecho de querer ser el centro de atención, puede ocurrir que llegue a extremos conflictivos. Un cristiano no debe dejarse llevar por este instinto egocéntrico. Lo que debe hacer es cumplir con la voluntad de Dios, y si esto lo lleva a ser protagonista de algo será únicamente como consecuencia de su servicio al Señor, no porque lo haya buscado. El afán de protagonismo es un derivado de la soberbia y por tanto hay que combatirlo con la humildad. Si nos fijamos en Jesucristo, vemos que ha sido el mayor protagonista de toda la historia. Muchos querrían ser tan famosos como Él, sin embargo también ha sido el más humilde de todos los hombres. Jesús dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; así encontraréis descanso» (Mt 11,28). Jesús es nuestro mejor ejemplo. Siendo el mayor protagonista, también es el mayor humilde. Otras palabras suyas, dirigidas al Padre, dicen: «No se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). El buscador de protagonismo está muy lejos del ejemplo a seguir, ya que únicamente desea hacer su propia voluntad, y no la de Dios, para conseguir la atención deseada; y normalmente no acepta cualquier intento de reconducir su actitud.

2. Afán de promocionarse en puestos de liderazgo. Llegamos a un nivel más elevado, como continuación del anterior punto. Normalmente quien quiere ser protagonista, si tiene ocasión, también querrá ser el líder de un grupo o ministerio. Para ello, utilizará todos los medios a su alcance, estos pueden ser: sumisión absoluta a sus superiores influyentes para ganarse su confianza pero desobediencia a otros superiores no influyentes, apariencia de solidez, fiabilidad, santidad, críticas y objeciones a sus posibles rivales… y como no, gran verborrea. Como decía san Pablo, con palabras suaves y agradables engañan (cf. Rm 16,18), incluso a otros líderes experimentados. Cuando una de estas personas consigue el puesto de líder que estaba buscando, normalmente se convierte en un controlador de todo lo que tiene a su alrededor para que nadie pueda arrebatarle el puesto. Es frecuente que personas así, una vez logrado su objetivo, utilicen las ocasiones de predicar para reafirmarse en su puesto mediante discursos hechos a su medida. Acostumbran a hacer llamamientos constantes a la obediencia (es un elemento que puede ser necesario también en casos legítimos y santos). Normalmente suelen ser muy listos en la manipulación y resulta muy difícil sacarlos del puesto conseguido. Su actitud es contraria a lo que nos dice Pablo: «Quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal» (Rm 16,19).

3. Competitividad por congregar a más gente. Esta puede ser otra de las causas de las bonitas palabras. Cuando hay una cierta tensión entre dos iglesias o grupos cristianos por querer ser más grande que el otro es probable la adulteración de la verdad. Podría suceder que se hicieran o dijeran cosas buscando la complacencia del público y no la voluntad de Dios, para ser cada vez una iglesia o grupo más y más numeroso. Quien hiciera esto iría contra las Sagradas Escrituras, las cuales nos dicen: «Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad» (Fl 2,3). Y evidentemente, este hecho también sería un tipo de vanagloria. No es algo nuevo, puesto que san Pablo ya habló de esto: «Es cierto que algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad; mas hay también otros que lo hacen con buena intención» (Fl 1,15).

4. No dar importancia al pecado. Hoy en día la Palabra de Dios sufre muchos ataques en referencia a su verdad sobre el pecado. Cosas especificadas clara y evidentemente como pecado son puestas en duda o negadas por personas llamadas cristianas. No sería difícil encontrar asistentes a iglesias que no consideren pecado cosas como: relaciones prematrimoniales, masturbación, homosexualismo, eutanasia, aborto, manipulación genética, etc… Quizás los feligreses u ovejitas no sean más que las víctimas de líderes cristianos que no predican la Verdad y arreglan su mensaje con palabras bonitas que no molesten a nadie. Puede ser que algunos pastores quieran evitar tensiones al predicar, o que ellos mismos vivan en pecado y se hayan auto convencido de que lo que hacen no tiene importancia, y por tanto hayan comunicado esta misma mentira a los demás. San Pablo lo profetizó: «en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas» (1Tm 4,1); «Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas.» (2Tm 4,3-4)

5. Falta de fe en las obras sobrenaturales de Dios. «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (He 13,8). Con esta verdad bíblica no haría falta decir mucho más. «En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.» (Jn 14,12). Quien quiera entenderlo que lo haga y quien no quiera, aunque se lo explique no lo aceptará.

6. Diferencias importantes en la interpretación de la Palabra de Dios. Los dos puntos anteriores, sobre el pecado y la falta de fe en lo sobrenatural pueden ser una de las causas que provoquen discordia en la correcta interpretación de la Biblia, pero no son las únicas. La historia de la cristiandad está llena de rupturas por esta causa. Ante este hecho habría que analizar si lo discutido es esencial e imprescindible para una fe sana o sólo son cosas superficiales. Si se trata de cosas importantes que provocan división, una de las partes, o todas, estarán equivocadas porque el Espíritu es uno y única es su Verdad. Si los problemas surgen en el camino de la sincera búsqueda de la verdad y la persona desea fervientemente ser guiada por el Espíritu Santo por el correcto camino, normalmente acaba encontrándolo. Pero si las diferencias surgen por intereses de cualquier tipo (políticos, económicos, sociales, morales, etc…) entonces la división es inevitable porque el diablo está moviendo los hilos a través de los hombres. Seguramente ante cualquier falsa interpretación encontraremos largos y delicados argumentos con bonitas y cultas palabras tratando de justificar, a veces, lo injustificable.

7. Lucro económico. Otra de las motivaciones que llevan a hablar con bonitas y manipuladas palabras son los «propios apetitos» (Rm 16,18) de los líderes. Se trata básicamente de cosas carnales, y como no, del dinero. Sabemos que en nuestro mundo el dinero es necesario pero siempre debe estar al servicio de Dios. Cuando la demanda monetaria tiene como objetivo enriquecer al pastor de las ovejas, entonces está mal. Este hecho puede llegar a extremos sectarios de manipulación bien planificada del mensaje cristiano para controlar y utilizar para fines económicos a otras personas. Los que actúan de esta manera no conocen la verdadera Palabra de Dios que dice: «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.


En el camino espiritual cristiano podemos encontrarnos con muchos peligros. Uno de ellos son este tipo de personas de palabras suaves y agradables, con gran capacidad de convencimiento y argumentos falsos pero tan astutamente camuflados entre verdades que son muy difíciles de combatir. Acostumbran a tener seguidores incondicionales fáciles de manipular que los defenderán a muerte en caso de ser descubiertos. Estas personas pueden causar divisiones y fracturas graves en grupos cristianos y sufrimientos, sobre todo a sus posibles rivales con corazón íntegro que sospechan de ellos. Son inimaginables las artimañas y “puñaladas por la espalda” que pueden llegar a propinar para asegurar su puesto. Pero Pablo da una esperanza a los que desean ser sabios para hacer el bien e inocentes para el mal; a los que tienen un corazón íntegro; a los que desean hacer la voluntad de Dios sin manipulaciones; a los que quieren dejar obrar al Espíritu Santo con toda libertad, etc…. Para todos vosotros: «Dios aplastará pronto a Satanás bajo vuestros pies. Que nuestro Señor Jesús os bendiga» (Rm 16,20)

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