martes, 5 de noviembre de 2013

ALGO SOBRE LA ALABANZA Y LA ADORACIÓN


 
 
        La alabanza y la adoración son dos tipos de oración diferentes, y por tanto la forma de implicación o participación de las diferentes dimensiones del hombre varía para cada caso (Intentaré explicarme más abajo). No obstante puede ocurrir que, a veces, cuando la alabanza llega a un nivel muy alto e intenso, quizás la frontera que la separa de la adoración se confunde, llegando a atravesarla sin ser conscientes de ello, aunque si experimentando sus maravillosos efectos.

        Antes de continuar, quisiera hablar un poco de los antiguos templos de Israel. Estos datos nos servirán, más tarde, para hacer una comparativa. Des de siempre, Dios ha querido relacionarse con nosotros y para hacerlo ha tenido en cuenta nuestra condición temporal atada a las realidades físicas. Por este motivo ha escogido lugares donde pudiéramos encontrarnos espiritualmente con él. Estos lugares, siguiendo un orden cronológico, han sido: “La tienda del encuentro sagrado” (cf. Ex 25), “El primer Templo” (cf. Cr 3), “El segundo Templo” (cf. Ez 40). Los tres lugares eran construcciones físicas, y en su interior, entre otras cosas, contenían un lugar santo y otro lugar santísimo.

        Sabemos que estos templos antiguos ya no existen en la actualidad. Entonces, ¿Qué templo usa Dios en nuestros días para relacionarse con nosotros? Pues, el mismo ser humano (cf. 1Co 3,16). Y este templo actual también tiene una estructura. Siguiendo la antropología bíblica, el hombre está formado por una parte orgánica, carnal, llamada “basar”; también por un principio vital, centro de nuestras emociones, deseos, conocimiento, voluntad, llamado “nefes”; y por último por el “ruah” o dimensión espiritual. Llevando esto a nuestro lenguaje actual, diríamos que el hombre está formado por cuerpo, alma y espíritu. ¿no se parece esta estructura a la de los templos del antiguo Israel? Aquellos tenían un “cuerpo” o apariencia externa, un lugar santo equivalente al alma y un lugar santísimo equivalente al espíritu. El ser humano es cuerpo, alma y espíritu (cf. 1Te5,23; Lc 1,46).

       La estructura de nuestro ser como templo de Dios está constituido de manera similar a la de los templos de piedra diseñados por el Señor para que poder alcanzar el mayor nivel de relación con Dios, Es decir, la adoración. Nosotros tenemos una estructura externa al igual que aquellos templos. Ésta nos permite tener contacto con el mundo físico y las cosas visibles. Obras de Dios por las cuales podemos alabarle. Pero además, con este cuerpo podemos expresar nuestras emociones, cantando, llorando, levantando las manos, arrodillándonos, etc…. Ya sea en alabanza o en adoración, el cuerpo, con toda su capacidad de expresión, realiza las acciones adecuadas a cada situación. De esta manera, cuando hacemos todo esto para darle gloria, manifestamos externamente que somos templo de Dios.

       En el interior del templo podemos distinguir dos estancias: lugar santo y lugar santísimo. En el primero se realizaban cantos, oraciones, sacrificios dirigidos por el Sacerdote de turno. Se trata del lugar por excelencia de la alabanza a Dios, como también de la entrega. Igual nos pasa a nosotros. Nuestra alma es este lugar. Desde nuestra voluntad dirigimos oraciones a Dios, con nuestro entendimiento, conocimiento y corazón. Desde nuestro interior surge una alabanza voluntaria, que de alguna manera, al menos en sus inicios, está bajo nuestro control racional. También con el corazón o alma realizamos sacrificios espirituales, entregándonos a Dios. Pero esto no acaba aquí. Queda una última estancia. Esta es el lugar santísimo. En ese lugar, cuando se trataba de la Tienda del Encuentro, Moisés era envuelto por una nube y escuchaba la voz de Dios cara a cara (cf. Ex 33,9-11). Tal experiencia y relación con Dios, hoy en día, sólo puede hacerse en espíritu (como norma general). Por tanto en la última estancia de nuestro ser (el espíritu) se realiza el culto y la relación más sublime e íntima con Dios. Se trata de la adoración, donde, ya no es nuestra iniciativa la que dirige el ritmo del culto como en la alabanza, sino que nos abandonamos a Dios, el cual toma la iniciativa. La persona toma una actitud más pasiva y se deja envolver por la presencia gloriosa de Dios, tanto interna como externamente. En este maravilloso lugar Dios nos habla, nos sana, nos libera, nos capacita, mientras nosotros permanecemos en espíritu de adoración unido a su Espíritu Santo.

        Cuando alabamos a Dios lo hacemos por “cómo es y por lo que hace”. Por ejemplo: alabamos al Señor porque es bueno, grande, misericordioso…. O, porque ha hecho maravillas, como nuestra transformación, sanación, bellezas en la naturaleza…. Con la alabanza llamamos a la puerta de Dios mediante elementos ruidosos, como el canto, las aclamaciones, con alegría, música, etc… Entonces Dios se hace presente, y quizás se manifieste. Pero lo más importante es que si nos abre la puerta, nos permitirá entrar al lugar santísimo donde estaremos con él gozando de la adoración y sus incalculables beneficios.

        La alabanza es importante, no solo para dar gloria a Dios, sino porque nos ayuda a entrar en la verdadera adoración. La alabanza tiene poder para derribar los muros que nos separan de Dios, como pasó en Jericó. Con la alabanza podemos conquistar, y con la adoración podemos consolidar la victoria. Cuando estamos cara a cara con Dios, o lo que es lo mismo, Espíritu con espíritu, todo es posible. No hay límites. Bueno, sí los hay…. Los que nosotros le ponemos guiados por falsos argumentos que nos han podido inculcar.

       Como he dicho al principio, a veces hay una línea muy delgada que separa la alabanza de la adoración. Podemos estar adorando aunque el aspecto externo parezca de alabanza porque nuestra actitud interior, nuestra entrega y nuestra conciencia de la presencia real de Dios es tan real y poderosa que realmente somos instrumentos del Espíritu Santo y dejamos que nos guíe a su antojo sin oponerle la menor resistencia. Habremos entrado en el lugar santísimo con tanto gozo y alegría que el Espíritu de Dios no nos la quita, sino que la potencia para dar aún más gloria a Dios, desatándose más y más su maravilloso y amoroso poder.

       Cuando adoramos a Dios lo hacemos, no por “cómo es o por lo que hace”, sino, simplemente, por lo que es, es decir, porque es Dios. A esto podemos poner complementos, como por ejemplo: Dios eterno, Dios poderoso, Dios omnipresente, etc…

       Esta es la teoría pero si hay alguien que rompe esquemas, este es nuestro Señor Todopoderoso. Hay que ser conscientes de que cuando entramos en la presencia de Dios en adoración, esto implica humillación, sometimiento, obediencia, entrega total. A Dios sea toda la gloria, honor y adoración.

 

 

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