domingo, 4 de marzo de 2018

Jesús, muerto en la cruz, es el Señor



1. Un Día Santo (Lv 16; Lv 23,26-32; Hb 9,6-14)

El significado del sacrificio de Jesús en la Cruz fue simbolizado unos 1200 años antes de su muerte mediante lo que se conoce como Yom Kippur. Y, ¿qué es y en que consiste este Yom Kippur?. Ante todo debemos entender que se trata del día más santo del año para el pueblo judío, celebrado el dia décimo del més séptimo (10- Tishri), que para nosotros, este año 2018 equivale al 19 de septiembre. Es una jornada exclusivamente dedicada a Dios sin que nada entorpezca la plena dedicación. Día de ayuno y ofrendas a יהוה - YHWH. La palabra Yom significa día, y Kippur significa expiar o a la acción de cubrir algo. De esta celebración quisiera destacar tres particularidades de sus orígenes:

1.1. Sacrificios.

Se realizaban tres sacrificios:

Un novillo como expiación de los pecados del sumo sacerdote y de su familia. Esto era necesario porque también el sumo sacerdote era un hombre pecador.

Un macho cabrío como sacrificio por el pecado del pueblo. Sabemos que el castigo por el pecado es la muerte (cf. Ez 18,20;  Gn 2,17; Rm 6,23), de manera que ese animal cargaba con la pena exigida y era inmolado como sacrificio por el pecado del pueblo.

Un macho cabrío en el que se imponían ambas manos sobre su cabeza y el sumo sacerdote  cargaba sobre ella los pecados, iniquidades y rebeldías de todos los israelitas. Dice la Biblia que este otro era «para Azazel» (Lv 16,8), expresión que ha llevado, fundamentalmente, a dos interpretaciones:

  1. En una primera se considera que el nombre se refiere al propio macho cabrío asumiendo la traducción del término hebreo como «la cabra de emisario» o «chivo expiatorio». De esta manera se liberaba la conciencia del pueblo de sus pecados expulsándolos de su territorio.
  2. Otra interpretación entiende que «Azazel» es el nombre de un ángel caído ya que la terminación hebrea también puede ser utilizada para esta designación. Igualmente el macho cabrío era enviado al desierto cargando con las iniquidades de todo el pueblo, pero esta vez, para encontrarse con un demonio.

Todo esto, como dice la Carta a los Hebreos, sólo era un prefiguración de lo que Jesucristo realizaría una vez para siempre. Con Jesús, los tres anteriores sacrificios se entienden de la siguiente manera:

El novillo necesario para la expiación de los pecados del sumo sacerdote y de su familia ya no es necesario porque Jesucristo, el nuevo sumo sacerdote, no tiene pecado (cf. He 4,15; 1Pe 2,22).

Jesús sustituye los sacrificios de machos cabríos ofreciéndose a sí mismo. Él soportó el castigo que nos merecíamos (cf Is 53,5) ya que «vino a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28). El precio de este rescate definitivo «no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo…» (1 Pedro 1:18-19), que «se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios» (He 9,14), muriendo en una Cruz.

Al inicio hemos visto que la palabra Kippur puede significar expiar o cubrir algo. Así pues, en ese día santo los pecados del pueblo recibían una expiación provisional, como «una purificación de la carne» (He 9,13), y como un anuncio de los bienes futuros. Aquellos sacrificios antiguos, ofrecidos año tras año, no podían llevar a la perfección a quienes los realizaban (cf. He 10,1), de manera que sus iniquidades recibían algo parecido a un ocultamiento, siendo alejadas de ellos. Aquí entra en escena el segundo macho cabrío enviado al desierto, cargando con todo el pecado del pueblo y alejándolo de el. Ahora, es Jesús quien carga con todo el pecado y sus consecuencias, no sólo de un pueblo determinado sino de toda la humanidad de todos los tiempos, ejerciendo una verdadera liberación de todo mal. «Fue Él quien, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que muriésemos a nuestros pecados y viviéramos para la justicia» (1 Pe 2,24).

Aquel macho cabrío entraba en un territorio considerado hogar de los malos espíritus. Quizás, además de significar la liberación de los pecados, también significaba la devolución de toda esta inmundicia a su instigador y precursor. No obstante, aquel cabrío debía perecer en medio de tanta desolación.

Jesús también fue al desierto. Se internó en el después de su bautismo. Y es que el bautismo de Jesús va mucho más allá de un acto de humildad, de obediencia, o de una maravillosa epifanía. Su primo Juan «predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Mt 1,4), acción que se seguirá realizando y que se complementará con la venida del Espíritu Santo en el mismo acto sacramental.

¿Acaso Jesús necesitaba el perdón de los pecados? Sabemos y creemos que no. Lo que realizó, entre otras cosas, en ese día al sumergirse en las aguas del Jordán fue cargar sobre Él con todos los pecados que otros habían soltado, y a continuación partió hacia el desierto, como si del chivo expiatorio se tratara. Cargando con todos los pecados y sin perecer en la desolación, se enfrentó al Demonio en su territorio, derrotándole y haciéndole huir.

Podríamos decir que Jesús experimenta una primera pasión de 40 dias de ayuno en el desierto, seguida de una primera victoria y un final donde el cielo se hizo presente en la Tierra para servir al Señor vencedor (cf. Mc 1,13). Todo ello sería un avance de lo que sucedería inmediatamente después de su muerte en la Cruz, cuando ya no entró en un desierto terrenal sino que bajó a los infiernos llevando con Él todos los pecados de la humanidad de todos los tiempos. Allí derrotó definitivamente el pecado y la muerte, arrebatando al Diablo las almas que habían de salvarse. Sobre esto, si alguien lo desea, puede consultar el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 631-635)

1.2. Pronunciación del nombre de Dios

Según la tradición judía cuando el sumo sacerdote entraba en el lugar santo de los santos, tras el velo que lo ocultaba, solo en presencia del Altísimo, pronunciaba el Nombre de Dios. Era el Nombre que se le había revelado a Moisés desde la zarza ardiendo, compuesto de cuatro letras, יהוה - YHWH. A nadie le era lícito pronunciarlo, excepto al sumo sacerdote y únicamente este día santo. El sacerdote antes de realizar su último suspiro transmitía el correcto pronunciamiento a su sucesor. Fuera de esta ocasión se sustituía el Nombre por Adonai, que significa Señor.

2. El Nombre sobre todo nombre

También los cristianos tenemos nuestro día santo de gran expiación (viernes santo), ya no en figura sino en realidad, y ya no para los pecados de una sola nación sino para los del mundo entero (cf. 1Jn 2,2; Rm 3,25). De igual forma en el día santo cristiano se pronuncia un Nombre. El Apóstol Pablo nos dice: «Cristo se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,8-11). A Jesús se le otorga el mismo nombre inefable de Dios. Pablo proclama el Adonai (en griego Kyrios y en español Señor) que se utilizaba para referirse a Dios como sustitución de la verdadera pronunciación del Nombre divino para referirse a Jesucristo.

Cuando Moisés pidió a Dios que le revelara su nombre, recibió como respuesta: «Yo Soy el que soy» (Ex 3,14). Jesús dijo: «Cuando levantéis al Hijo del Hombre sabréis que Yo Soy» (Jn 1,28). También en otra ocasión, cuando iban a prenderle en el Huerto de Getsemaní preguntó: «¿A quién buscáis? Le contestaron: A Jesús el Nazareno. Les dijo Jesús: Yo Soy. Retrocedieron y cayeron a tierra» (Jn 18,4-6). Todos cayeron a tierra porque Jesús acababa de pronunciar su Nombre divino, aquel que nadie podía pronunciar, desencadenando por un instante su poder bajo el cual toda rodilla se doblará (cf. Is 45,23).

3. Jesús es el Señor

Jesús es el Señor lo sepamos o no, lo queramos o no lo queramos. Y además, Dios ha restablecido su dominio, rechazado por el pecado, por la obediencia de Cristo. ¡Dios ha vuelto a reinar desde la Cruz!. Y como dice San Pablo: «Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos» (Rm 14,9).

La proclamación del señorío de Jesús debería causarnos un gran gozo, si no es así algo está fallando. Cuando los primeros cristianos recibían el kerygma o buena nueva, lo hacían por este orden: Jesucristo ha muerto, Jesucristo ha resucitado, ¡Jesucristo es el Señor!. El camino del kerigma llevaba a una explosión de gozo y alegría al descubrir al verdadero Señor. Pero se trata de descubrirlo de forma vivencial y no teórica. Sentir y vivir la presencia del Señor resucitado cambia por completo la vida de la persona. Transforma las tinieblas en luz, la tristeza en alegría, la desilusión en esperanza, etc… Recordemos aquella escena de los apóstoles pescando en el lago de Tiberíades, después de la muerte de Jesús. Seguramente estarían abatidos y desmotivados hasta el punto que habían recuperado sus antiguas rutinas. De repente apareció un hombre en la orilla iniciando una conversación con ellos, el cual como respuesta solo oía quejas por no haber pescado nada. Pero de pronto, en el corazón de uno de ellos se encendió una luz; reconoció a aquel hombre y exclamó: «¡Es el Señor!» (Jn 21,7). Y de golpe ¡todo cambió en la barca!

¡Jesús es el Señor! Debemos volver al anuncio apasionado de esta verdad con el poder del Espíritu Santo. Allá donde no se proclama este mensaje, o se relativiza poniendo el señorío de Jesús a la altura de otras figuras, todo se desmorona y pierde vigor. En cambio, donde se recupera tal proclamación con toda su pureza y con verdadera fe, el Espíritu Santo lo reanima todo, inflamando los corazones con su fuego santo, y ya nada es igual en “la barca”.

4. Aceptar a Jesús

Una vez hemos descubierto que Jesús es el Señor debemos dar un paso más. Como dice el P. Cantalamesa, no es lo mismo decir “nuestro señor Jesucristo” que “Jesucristo es nuestro Señor”. Si esto lo lleváramos a un terreno más práctico, igualmente, no sería lo mismo decir, por ejemplo, nuestro señor alcalde que el alcalde es nuestro señor.

Es imprescindible creer, aceptar y proclamar el señorío de Jesús en la vida de cada uno para poder ser acogido en su reino. Encontramos palabras como estas: «Si no creéis que Yo Soy moriréis por vuestros pecados» (Jn 8,24); o bien, «Si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás» (Rm 10,9).

Alguien podría pensar que pronunciando estas palabras como si de un conjuro se tratara sería suficiente para obtener sus beneficios. Pero no es así, ya que «nadie puede decir ¡Jesús es el Señor! si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1Co 12,3). Por este motivo los demonios, en los evangelios, nunca pronuncian este título de Jesús, ni nunca lo harán. Aplican títulos como: «Tú eres el Hijo de Dios», o «Tú eres el Santo de Dios» (cf. Mt 4,3; Mc 3,11; etc…) pero nunca exclama: ¡Tú eres el Señor!. Todos los demás datos son objetivos, se trata de realidades que no dependen de ellos ni crea ninguna dependencia o sumisión. Pero decir ¡Tú eres el Señor! es algo muy distinto. Implica una decisión personal. Significa reconocerlo como tal y someterse a su dominio. Es como decir: Jesucristo es mi Señor, Él es la razón de mi vida, yo vivo para Él y no para mí.

Nosotros reconocemos a Jesús como el Señor uniéndonos a toda lengua, en los cielos y en la Tierra, que lo  proclama para gloria de Dios Padre (cf. Flp 2,11). Pero no nos conformamos con una simple proclamación sino que, confirmando que tal confesión surge por obra del Espíritu Santo, doblamos nuestra rodilla sometiéndonos con amor a nuestro precioso y amadísimo Jesús.

        Al mundo incrédulo y soberbio le gusta usar la dialéctica, la discusión y los razonamientos sin fin para hablar de Dios. Esto provoca una búsqueda continua sin llegar nunca a encontrar la verdad, porque nunca llega el sometimiento mientras se discute. La proclamación del kerigma no da explicaciones, expone, como hemos visto anteriormente, la muerte, la resurrección y el señorío de Jesús. Es la propia presencia de Dios, con su autoridad, la que actúa iluminando los corazones, destruyendo cadenas, rompiendo velos cegadores y causando un descubrimiento único de la Verdad. Porque Él es luz que brilla por sí misma y no puede ser esclarecida con otras luces, sino que es ella la que lo esclarece todo. Jesús es el «Rey de reyes y Señor de Señores» (Ap 19,16); quien no lo ve así, lo único que puede proclamar es que él mismo es ciego.

¡JESÚS ES EL SEÑOR, PARA GLORIA DE DIOS PADRE!

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