viernes, 18 de mayo de 2018

EL ESPÍRITU DA VIDA




Sin el Espíritu Santo nuestra existencia carecería de interés, no tendría calidad ni perspectiva de futuro. Las ataduras, el pecado y la muerte nos someterían sin piedad y sin posible solución que lo remediara. No tendríamos posibilidad de vencer las acechanzas del diablo, el sacrificio de Jesús en la Cruz habría sido en vano y todas las promesas de Dios no tendrían forma de llevarse a cabo. ¡Qué inmensa e irremediable fatalidad si el Señor hubiera olvidado la promesa de enviar su Espíritu!, más ¡Qué necia fatalidad cuando el hombre se olvida del Espíritu Santo!. Para gloria de Dios, sabemos que Él no pierde la memoria ni deja de cumplir sus promesas porque «es fiel por los siglos de los siglos» (Sl 100,5). Pero, ¿y qué pasa con el hombre?

Seguramente habremos oído la expresión, atribuida al Espíritu Santo, el gran olvidado, como también el gran desconocido o el ausente. Lastimosamente ha sido y sigue siendo olvidado en muchos ambientes cristianos. También ha existido y continúa existiendo un gran desconocimiento sobre Él, pero afortunadamente no ha estado ausente, por lo que este título no ha sido muy acertado. ¡Dios nunca ha estado ausente!. Ha llorado con nosotros, ha sufrido con nosotros, ha sido paciente (muy paciente), misericordioso (muy misericordioso), y ha sido santamente insistente llamando sin cesar a la puerta de nuestro corazón (cf. Ap 3,20), por eso cuando se la hemos abierto Él estaba allí para alegrarse y celebrarlo con nosotros, añadiendo a la fiesta el gran regalo de una nueva vida que Sí tiene sentido.

                Si confiáramos en Dios y creyéramos en su Promesa correríamos a pedirle tan inconmensurable don y él nos lo daría (Cf. Jn 4,10) porque si nosotros siendo malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, «¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan» (Lc 11,13). Ahora bien, debemos empezar dando un paso de fe pidiendo aunque no comprendamos, pues si creemos veremos la gloria de Dios (cf. Jn 11,40). 

                San Pablo, llego del gozo del Espíritu Santo, insiste varias veces en sus cartas que «el Espíritu da Vida» (cf. Rm 8,2; cf. Rm 8,10; cf. 1Co 15,45; 2Co 3,6), y realmente este es un gran mensaje que no debemos despreciar. El Apóstol recibió la bendición de poder experimentar una verdadera transformación personal, pasando de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, del error a la verdad, descubriendo que ciertamente «el Espíritu es el que da la Vida» (Jn 6,63), tal y como Jesús anunció sin que exista nada ni nadie que pueda sustituirlo.

                El Espíritu Santo es Dios mismo actuando con poder en cada persona que se deja transformar por él. Sin el Espíritu no hay vida que valga la pena, porque no habrá libertad, ni verdadero gozo, ni verdad, ni santidad, ni paz, ni poder de Dios en nuestras vidas para vivir como sus hijos adoptivos que claman dichosos “Abba Padre”. ¿Cómo podríamos afirmar que vivimos sin haber recibido los dones, frutos y carismas del Espíritu santo? ¿Qué clase de vida sería esa? Dios Espíritu es el verdadero tesoro que da auténtica vida, por el cual vale la pena luchar, dejarlo todo y seguirle, despreciando y rechazando todo aquello que pertenezca al espíritu del mundo, aunque esto implique dejar que «los muertos entierren a sus muertos» (Mt 8,22). No importa lo que digan, ni lo que piensen, ni lo que hagan los demás, sólo importa que sin El Espíritu Santo no hay vida aunque lata el corazón de carne, o quizás de piedra. ¡Vale la pena luchar! Dios lo ha prometido.

                Se ha escrito mucho sobre el Espíritu Santo, ya sea desde una perspectiva teológica o a partir de alguna experiencia personal. No obstante, aquello que parte de una vivencia real de otras personas nos puede ayudar con mayor facilidad a recorrer un camino similar hacia un encuentro renovador con el Espíritu Santo. Por tanto es provechoso buscar literatura sobre este y otros temas espirituales. Y recuerda, si otros han podido llegar tú también puedes, porque Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (Cf. 1Tm 2,4). Un gran ejemplo y testimonio lo encontramos en un santo carismático, aunque él nunca conoció esta tipificación. Se trata de san Serafín de Sarov (1753-1833), quien decía cosas como estas: «el objetivo de la vida cristiana consiste en la adquisición del Espíritu Santo». «Aquel que por su fe en Cristo posee el Espíritu Santo, aunque por debilidad humana haya cometido un pecado que causa la muerte de su alma, no morirá por siempre, sino que será resucitado por la gracia de nuestro Señor Jesucristo que ha cargado con los pecados del mundo y ha dado gratuitamente gracia sobre gracia». «Por lo que respecta a los diferentes estados de monje yo y de laico vos, no os preocupéis. Dios busca por encima de todo un corazón lleno de fe en Él y en su Hijo único, y como respuesta a esta fe, envía desde el cielo la gracia del Espíritu Santo […] El corazón del hombre es capaz de contener el reino del cielo» (extraído del libro, Sant Serafí de Sarov, ed. El gra de Blat). Con estas palabras del santo se puede confirmar lo que ya se ha ido diciendo. Resumiendo, el objetivo de la vida es llenarse del Espíritu Santo para ser renovados y recibir la verdadera y auténtica vida en este mundo y en la resurrección. Maravilloso es saber que con la venida del Espíritu Santo nuestro corazón alberga el mismísimo reino del cielo. ¡Cómo no alabarle, cómo no darle gracias, cómo no luchar incesantemente para que habite en nosotros, para agradarle, para creer firmemente y para dejar que nos utilice como instrumentos de su Reino extendiendo su Verdad, proclamando sus grandezas y realizando las mismas obras, u otras mayores, que Jesús (Cf. Jn 14,12)!. «Haz esto y vivirás» (Lc 10,28)

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